e-rph nº 1, diciembre 2007 Estudios Generales | Estudios
El historiador del arte como agente responsable de la conservación de la obra artística | Raquel Lacuesta Contreras
Corresponsabilidad en la conservación de la obra artística
No es nada arriesgado afirmar que la obra artística, en el sentido más amplio de su concepto y de su cronología, constituye probablemente el bagaje cultural más importante de la humanidad. Así lo viene demostrando la confianza que todos los gobiernos, los entes culturales, los económicos y los mediáticos depositan en el trasvase de ese bagaje de unos países a otros como fórmula de atracción de estudiosos, viajeros ilustrados o turistas en masa; y también en los medios que cada nación despliega para darse a conocer por sus singularidades artísticas (sin menoscabo, se entiende, de singularidades de otro tipo, como pueden ser las climáticas, las paisajísticas o cualquier otra). Aquí nos centraremos en la obra artística.
En la base de esta cada vez más desarrollada actividad de difusión hay, inequívocamente, una necesaria asunción de la conservación de la obra artística y de definición del modelo o de los modelos de agentes de la conservación. El término conservación implica una definición conceptual muy diferente a investigación, restauración o rehabilitación, aunque una y otras vayan estrechamente ligadas, por ejemplo, en los procesos de la intervención monumental. Conservar una cosa es “mantenerla o cuidar de su permanencia”; “tener cuidado de ella impidiendo que sea alterada o destruida”. Definición académica ésta que conlleva, en el caso de la obra artística, conocerla, reconocerla como tal, valorarla universalmente y transmitirla a las generaciones. Por otra parte, un agente es aquella persona que tiene poder para producir un efecto y también la que ejecuta actos que pueden producir o producen efectos jurídicos. Si tomamos prestado del ámbito del Derecho esta definición de “agente” para aplicarla a la supuesta corresponsabilidad en la conservación monumental, podemos llegar a la conclusión de que el historiador del arte, por su propia idiosincrasia, es decir, por su formación académica y por el cometido que le tiene asignado la comunidad universitaria, debería asumir un papel destacado en la formulación de planteamientos y en las actuaciones específicas que tengan como finalidad establecer el marco legal y legítimo que garantice esa permanencia de la obra artística.
Aproximación al concepto de obra artística
Una obra artística es el resultado de la aplicación de la actividad humana a un fin, en este caso el de producir una obra de arte. El artista intenta producir obras de arte. El resto de la humanidad ejerce un papel sancionador, y por una serie de caminos, siempre subjetivos, eleva aquella obra a la categoría de artística, por su belleza, su armonía, su carga de sensibilidad, su capacidad emotiva, su valor como símbolo y como icono. Pero el alcance de la obra artística puede llegar a ser infinito. Es una obra artística un tejido urbano, en su configuración más genuina, generada por el crecimiento espontáneo, o la que es producto de un desarrollo planificado. También lo son los inmuebles que se han ido implantando paulatinamente en ese tejido urbano y que le han ido dando carácter, o los que han sido el origen de una determinada configuración urbana (un castillo, un templo) y de la consolidación de una trama viaria [Imágenes 1, 2 y 3], [Link 1, 2].
Imagen 1. CORIA (Cáceres). Plaza porticada del Ayuntamiento. Foto: R. Lacuesta, enero 1976.
Imagen 2. HOSPITALET DE LLOBREGAT (Barcelona). Urbanización de un terreno agrícola como paseo con arbolado, la Rambla de Just Oliveras, hacia 1907. Fotografía Monrós
Imagen 3. ALCOVER (Tarragona). Casa del Dr. Domingo, construida en la carretera de entrada al pueblo. César Martinell Brunet, arquitecto, 1919.
Y si estos aspectos epidérmicos son importantes por su capacidad para conformar y transformar los paisajes de los territorios urbanos, rurales o naturales que nos son comunes y familiares, no lo son menos los aspectos que se encierran en su interior, no perceptibles desde el exterior ni a primera vista pero que suelen contener una carga creativa que, no por desconocida, es despreciable. Quizás por esta ignorancia, esos aspectos de interiorismo merecen una atención especial por parte de los agentes de la conservación monumental. Me refiero a temas de diversa índole: sistemas constructivos, sistemas de ventilación, sistemas de canalización de las aguas y desagües, ocultos a veces pero imprescindibles de conocer para entender los componentes anatómico y biológico de ese organismo vivo que es la ciudad y el edificio-monumento o el edificio-tradición; la distribución funcional que habla de jerarquías espaciales, de factores antropológicos, de la relación espacio-uso y de modus vivendi; las tendencias de los usuarios en lo que atañe a decoraciones de los espacios interiores (paredes, techos y suelos), relacionadas con estilos coetáneos a las construcciones o con los que son fruto de renovaciones y modas; y, por último, los bienes muebles que ambientan esos interiores (mobiliario, iluminación artificial, alfombrado, tapices y tapicerías, pinturas, esculturas y objetos varios artísticos, colecciones de cerámicas y vidrios y de tantas otras más o menos exóticas, más o menos científicas), las cuales también han estado sujetos en todos los tiempos a los estilos y las modas, pero que muy a menudo han convivido en unos mismos espacios habitados o públicos sin hacerse necesariamente sombra [Imágenes 4 y 5], [Link 3, 4 y 5].
Imagen 4. CASTELLDEFELS (Barcelona). Interiores historicistas: la sala China del castillo, en 1898, y hoy en proceso de recuperación. Foto: M. Cosmén. Ayuntamiento de Castelldefels.
Imagen 5. SANT HILARI SACALM (Girona). Masía El Soler de Mansolí. Detalle del pavimento a la veneciana del comedor. Foto: R. Lacuesta, 2006.
¿Cómo podríamos saber, si no –y estos son datos que alimentan la historia del arte– el modo en que estaban ambientados los castillos y casas rurales, los palacios y ayuntamientos, las escuelas y los mercados, o los palacetes y chalets historicistas, modernistas y noucentistes, si no hubiera existido alguien que los hubiera conservado, y, sobre todo, si no hubiera habido alguien que, asumiendo la tarea de historiador del arte y de la arquitectura, no nos hubiese relatado y descrito aquellos ambientes?. ¿Se ha pensado alguna vez cuánto le debemos los agentes actuales de la conservación monumental a personajes como E. E. Viollet le Duc, Francesc Parcerisa, Pau Milà i Fontanals, Lluís Rigalt, Elías y Francesc Rogent, Manuel Gómez Moreno y Martínez, J. Puig i Cadafalch, J. Puiggarí, Joan Vidal i Ventosa, Adolf Mas, Josep Pijoan, Jeroni Martorell, Josep Danés, Zerkowitch, J. F. Ràfols Fontanals, Cèsar Martinell Brunet, A. Cirici Pellicer, Frederic-Pau Verrié, Oriol Bohigas, Enrique Nuere, Antoni González Moreno-Navarro, J. E. Hernández Cros, y tantos y tantos otros, algunos arquitectos, otros historiadores y los más allá dibujantes y fotógrafos, que nos han transmitido en sucesivas generaciones, con sus escritos o con sus imágenes, multitud de ejemplos urbanos, rurales, paisajísticos, detalles constructivos, materiales, interiores, etc., etc.? [Imágenes 6 y 7] (Perdonará el lector que cite mayoritariamente tratadistas y escritores catalanes, pero es obvio que cada territorio, cada país, tiene y conoce los que le son más cercanos).
Imagen 6. HOSPITALET DE Llobregat (Barcelona). Una de las torres modernistas de la Rambla, la Torre Puig (desaparecida). Postal J. B., 4
Imagen 7. MANLLEU (Barcelona). El Hospital de San Jaime, importante edificio público construido entre 1908 y 1913, hoy totalmente desfigurado. Postal Levelezö-Lap, 1914.
La obra artística se define, pues, por este cúmulo de testimonios que en cada momento histórico ha creado opinión en materia de valoración de lo que es monumento o no lo es, de lo que es susceptible de ser conservado o no, ya sea como singularidad emergente o simplemente como reiteración de lo tradicional, o de lo que representa un manifiesto de la modernidad de cada época; y el espectro artístico es tan amplio como antigüedad tiene quien la ha concebido y quien la ha reconocido: el ser humano.
Ciudad y monumento, continente y contenido
La ciudad, la villa, el pueblo o la aldea están formados por un conjunto de calles y edificaciones, principales y secundarias, que en la mayoría de los casos tienen un origen común, especialmente en lo que se refiere a las ciudades medievales que han perdurado hasta hoy y que son aún reconocibles entre las nuevas tramas de expansión urbana; ese origen es el que ha llevado a aglutinarse y ordenarse en torno a un edificio principal, gobernante y nacido ya con intención de ser monumental, como hito que vigila y a la vez protege al resto de la población. El crecimiento orgánico de las poblaciones en torno a los templos, lugar común religioso y civil, y a lo largo de caminos, con unas arquitecturas nobles o populares, y el urbanismo planificado que surgió a partir de la época renacentista, son los que han dado el peculiar carácter y la innegable armonía de los núcleos históricos actuales. Estos núcleos son un compendio, pues, de historia y arte, de creación y tradición, en los que políticos, reyes, nobles, ingenieros, arquitectos, maestros de casas y urbanistas, artistas de renombre o locales, albañiles, carpinteros y artesanos han dejado lo mejor de su saber, de su experiencia y de su creatividad [Imagen 8] [Link 6 y 7].
Imagen 8. CUENCA. Paisaje natural y paisaje edificado, junto a la hoz del río Huécar. Foto: Ediciones Sicilia–Zaragoza