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e-rph 1, dic.07 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 1, diciembre 2007
Estudios Generales | Estudios
 
 
El historiador del arte como agente responsable de la conservación de la obra artística | Raquel Lacuesta Contreras
 
     

 

Ya hemos hablado de la labor del historiador del arte en lo que respecta a los peritajes artísticos dentro del equipo pluridisciplinar. Hay que añadir, en lo que afecta a las fiscalías del Patrimonio, que su tarea tendrá que ir unida al asesoramiento por parte de los profesionales de la historia y de la arquitectura, que pueden ejercer una labor complementaria estimable con la aportación de peritaciones sobre las obras artísticas, cada uno desde sus diferentes conocimientos y experiencia, que justifiquen la importancia de una actuación, de una conservación o de una reproducción.

La ignorancia social y mediática. El prestigio de lo nuevo ante lo viejo


Si antes hemos comentado la deficiencia en la formación académica de los historiadores, que al fin y al cabo son los más directamente relacionados con la conservación monumental, no hay que olvidar que aún es más perniciosa la desinformación, indocumentación y, por qué no decirlo, ignorancia, del medio social en general (por tanto, incluye promotores, constructores, propietarios, amos y amas de casa) y del mediático. Si el desconocimiento del primero es grave, mucho más lo es el del segundo, que es quien puede crear opinión y ejerce en el vulgo una notoria influencia. Rara vez se alzan voces entre los cronistas locales, los informadores de prensa, radio y televisión, con capacidad crítica para discernir lo que es bueno o malo de lo nuevo, lo que es viejo y caduco de lo antiguo, y lo que podría convivir, viejo o nuevo, pero destacadamente bello. (Y al hablar de bello no necesariamente hay que atender sólo al concepto de singularidad creativa, sino a los de armonía, coherencia y consenso). A duras penas conocen el alcance de lo que se opera en las ciudades, ni de las leyes que la rigen, ni de los entornos de los monumentos ni de los paisajes históricos, urbanos o rurales. En todo caso, se manifiesta el propio gusto o placer por la observancia de una cosa bella, que tanto puede ser la Sagrada Familia de Barcelona como un edificio de viviendas de la empresa inmobiliaria Núñez y Navarro, como una choza de uralita o una masía, una amplia avenida totalmente preparada para actuar como autopista o una calle vieja, o una casa con balcones rehabilitada o cualquier otra de terrazas corridas, o descorridas, o cerradas después con aluminio, y de voladizos modernos.

Parece, sin embargo, que esta desinformación o falta de criterio sólo se hace evidente en el propio país y que no existe una complicidad colectiva que invite a intentar la perduración de los modelos históricos y de valores ambientales a los que nos queremos referir. Alguna intuición sobre lo más bello surge entre estos medios aludidos cuando viajan, por ejemplo, al corazón de las ciudades italianas u holandesas, o de cualquier otro país europeo que se haya entestado en conservar el trazado de sus calles medievales y de su arquitectura, una intuición que lleva a entender perfectamente lo que es ciudad vieja y lo que es ciudad nueva, a distinguir lo que es prescindible de lo que es imprescindible (la mala construcción y el arte, respectivamente), lo que es preservación y lo que es aportación contemporánea. El valor, por ejemplo, de la construcción humilde y tradicional, como podrían ser las casas en parcela gótica, o las casas baratas seriadas, o los poblados de colonizaciones de los años cuarenta y cincuenta no merecen el más mínimo interés. Como tampoco lo merecen las obras hidráulicas, industriales y de ingeniería de los cuatro últimos siglos [Link 15].

Desde el poder del mundo mediático sería extraordinariamente útil ejercitar la educación sobre urbanidad, civilidad y civismo, urbanismo y disciplina urbanística, ordenanzas y normativas edilicias, leyes de patrimonio cultural y códigos, con programas de frecuencia semanal y presencial en todos los medios de comunicación, capaces de contrastar los desmanes urbanísticos y arquitectónicos (y los de los grafiteros corrosivos) con los que han sido producto del buen hacer y de la reflexión, y saber diferenciarlos. Sólo así, y parafraseando al arquitecto Cèsar Martinell Brunet, la vista de una cosa bella educaría y ennoblecería el espíritu. [¡Cuántas veces los locutores de radio y televisión, siguiendo los pasos de periodistas y sociólogos, que no de historiadores del arte, han tratado los desmanes de los grafiteros de paredes y puertas como auténticas obras de expresión artística, sin entrar a analizar si estaban destrozando otra obra artística ni discernir entre la gamberrada y la libertad creativa!]

Protección monumental, disciplinas y métodos de estudio


Si partimos de la idea óptima de que la comunicación interdisciplinar es un hecho real y de que no ha de existir un proyecto sin la conjunción de todos los profesionales que requiere la práctica de la urbanística y de la restauración monumental, hemos de tener presente lo que implica: entre otras cosas, el desarrollo de actitudes diferentes, a veces contradictorias, y la aplicación de métodos específicos también diferentes que deberán tener como meta un denominador común, la protección del monumento en el sentido más amplio de la palabra protección. Si hablamos de actitudes, la experiencia demuestra que éstas se han materializado en proyectos y soluciones de toda índole: desde la intervención en el patrimonio como una suma más de estilos y formas arquitectónicas, que poco o nada han tenido en cuenta los edificios preexistentes, y mucho menos su entorno edificado [Link 16], pasando por soluciones miméticas, a veces necesarias parcialmente pero no siempre afortunadas por su falta de rigor científico y su exceso de historicismo, a otras que han intentado armonizar la biografía de las preexistencias con la etapa contemporánea del diseño, de los sistemas constructivos y de los materiales.

Si hablamos de método, hay que tener en cuenta que cada núcleo urbano o rural, o cada edificio, presenta una biografía específica y compleja, no sólo arquitectónica, estilística y constructiva, sino también histórica, urbanística, simbólica y sociológica. A menudo se nos presenta como un conjunto de pedazos heterogéneos a los que se debe devolver su función y su significado. Es a partir de estos presupuestos, de todo este cúmulo de circunstancias, que se puede establecer una metodología de trabajo específica para la restauración.

Los patrimonios municipales se han incrementado substancialmente con un buen número de edificios que han mantenido su tipología arquitectónica pero que han perdido el uso para el cual fueron construidos. El mismo hecho de la adquisición ha implicado, casi siempre, el reciclaje del uso, y así, iglesias, escuelas, fábricas, palacios o castillos, han sido adaptados o se tendrán que adaptar para ejercer funciones públicas, como casas de cultura, centros cívicos o administrativos, museos o auditorios. A veces, estos cambios de uso han comportado, como apuntábamos antes, soluciones traumáticas: edificios vaciados por completo y que sólo han mantenido sus fachadas, han dejado de hablar a la historia pasada, en muchos casos porque el proyecto arquitectónico ya no tenía previsto documentar científicamente su biografía; o edificios que se han visto mutilados en algunos de sus volúmenes para poner en su lugar otros más potentes que han afectado de manera rotunda no sólo la arquitectura preexistente, sino también el entorno (aunque los resultados, si atendemos sólo a lo nuevo, puedan ser considerados como una aportación interesante a la arquitectura contemporánea). Renunciar, pues, por exigencias del uso, al patrimonio arquitectónico o a una parte de él conlleva también renunciar al conocimiento de las tradiciones y las artes arquitectónicas, de las formas y de los sistemas constructivos, de la evolución tecnológica y de los diseños de cada tiempo.

La metodología en la restauración, entendida como el estudio sistemático de todos y cada uno de los aspectos que concurren en el patrimonio arquitectónico, como continente y como contenido, como documento histórico y artístico, como objeto arquitectónico y como elemento simbólico y significativo de una sociedad, es un instrumento imprescindible para profundizar en su conocimiento, sin que por ello se tengan que hipotecar los nuevos usos ni las nuevas soluciones proyectivas. La investigación histórica sobre un elemento o un conjunto de elementos (es decir, un edificio o un núcleo urbano) es la primera etapa a cubrir en el proceso metodológico de la restauración monumental, puesto que es la que aporta el conocimiento previo necesario para afrontar la intervención. Se trata del estudio del monumento-memoria, es decir, del monumento como documento histórico, aquél que desde el punto de vista sociológico se reconoce como tal por sus valores históricos y artísticos, por su antigüedad y, a través de ella, por la conciencia que se tiene de lo que nuestros antepasados fueron capaces de crear y transmitir.

La diversidad de especialidades en la historia supone que haya también una diversificación de los estudios. El historiador, o mejor dicho, los historiadores implicados (el documentalista, el historiador del arte, el arqueólogo o el historiador de la construcción) tienen sus propios métodos de estudio, y también son diferentes las fuentes de información y los medios y recursos que necesitan para enfocar la investigación. Pero en su conjunto, todos estos componentes son imprescindibles para trazar la biografía completa del elemento objeto de investigación y hacer una lectura arquitectónica integral. Cada una de estas vías del conocimiento llevará a la elaboración de unas conclusiones que, al final del proceso de estudio, han de coincidir inequívocamente para que puedan ser determinantes en el proyecto urbanístico o en el arquitectónico. Es decir, el resultado final será materializado en un documento de síntesis histórica, documento que debería presidir los debates que conducen a definir los criterios básicos de la intervención. De hecho, la presencia de los historiadores y de los historiadores del arte es no sólo aconsejable sino necesaria desde el inicio de la gestión de una actuación en el patrimonio hasta que finalizan las obras.

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Universidad de Granada
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