e-rph nº 1, diciembre 2007 Estudios Generales | Estudios
El historiador del arte como agente responsable de la conservación de la obra artística | Raquel Lacuesta Contreras
Las aportaciones del historiador del arte
Aún existen en la actualidad pocos historiadores del arte dedicados a la protección monumental (no sólo en el campo de la restauración, sino en los otros ámbitos posibles que afectan toda la obra artística), aunque hay que reconocer que su incorporación a esta disciplina se ha ido incrementando en la última década. Se ha tenido que partir casi siempre de la propia formación autodidacta y de la propia experiencia para acometer la investigación histórico-artística, tanto en lo que respecta al diseño de un modelo metodológico como a la definición de unos objetivos claros y útiles para la intervención en la obra artística. Estos aspectos han sido acaparados tradicionalmente y casi de manera exclusiva por arquitectos, que cuando trabajaban años atrás en los monumentos eran adjetivados como historiadores del arte y como arqueólogos. El conjunto de sus trabajos publicados, especialmente sobre historia de la arquitectura, pero también sobre escultura, pintura y otros campos artísticos, evidencian claramente esta dedicación que, en unos casos, era consecuencia de su actividad docente y, en otros, era paralela al ejercicio de la profesión y constituía un complemento de sus intervenciones en la arquitectura histórica. Su labor historiográfica iniciada a finales del siglo XIX sobre arquitectura y otras artes medievales, barrocas y, más tarde, modernistas, por citar unos ejemplos, son una excelente muestra de este trabajo, gracias a los cuales se conocen hoy dibujos, documentos y fotografías de edificios que más tarde se han perdido o han sufrido profundas transformaciones.
La diferencia de estos profesionales con el historiador del arte es que éste, necesariamente, tiende a ser conservacionista, mientras que el arquitecto es susceptible de crear la obra artística. Para la historia del arte, cualquier elemento de un objeto artístico inmueble o mueble puede tener un valor extraordinario para comprender un proceso, una manera de hacer, para identificar la obra anónima a través del estilo y del análisis de paralelos; o porque deviene un indicador de cambios de concepto y de moda. La desaparición arbitraria de un elemento, sin haberse realizado un estudio previo, un reportaje fotográfico o un levantamiento de planos, puede significar la pérdida definitiva de un eslabón de la historia de ese elemento. La historia del arte sólo tiene sentido si se conservan esos bienes muebles o inmuebles. Y no tiene sentido si se la priva de la función específicamente pedagógica y difusora que implica la transmisión de sus conocimientos de una generación a otra. Uno de sus objetivos básicos es desarrollar estudios que permitan confeccionar una historia del arte comparada y aplicar el conocimiento de los fenómenos artísticos a cuestiones cotidianas planteadas, por ejemplo, en la restauración de los bienes culturales.
Casi por tradición, en el caso de la arquitectura, la opinión del historiador del arte ha tenido siempre menos valor que cuando se han tratado temas de otras artes, como la escultura o la pintura. Y eso es así porque estas obras, puesto que son consideradas específicamente artísticas, no sufren las agresiones de que a menudo es víctima la arquitectura y el urbanismo, con la excusa del diseño creativo, de la modernidad y de las mejoras sociales. A nadie se le ocurre, por ejemplo, ampliar o modificar una obra pictórica, ni tampoco restaurarla con mentalidad de "creador" de diseño. Como mucho, se reproduce o repara lo que ya existía con la mayor fidelidad posible. Es evidente que no se puede pretender lo mismo en el patrimonio arquitectónico, porque por sus mismas condiciones de uso, por los costes que representaría o, incluso, por la imposibilidad material de hacerlo, sería del todo inviable. Sin embargo, cuando se trata de obras que aún están vivas, que han sobrevivido a todo tipo de contratiempos, el esfuerzo del equipo restaurador ha de ser mayor para evitar su desaparición. Ya hemos comentado antes que las intervenciones no planificadas en todas sus vertientes, por ejemplo de un arquitecto o de un arqueólogo, pueden ser definitivas y a menudo destructoras. El diseño, la construcción de nueva planta que sustituye o se yuxtapone a la arquitectura preexistente, las excavaciones arqueológicas y su interpretación son tarea específica de sus profesionales, pero conviene que antes de actuar, se hagan los estudios artísticos previos. Éstos comprenden la descripción minuciosa de todas y cada de una de las partes de un edificio, el inventario y descripción de su contenido, su filiación cronológica y estilística, el análisis de los elementos y su valoración como piezas singulares de la historia del arte y de la construcción, o como testimonios ya escasos o únicos de unas formas y unas técnicas que, por haber sido descalificadas como piezas artísticas en otras épocas, como sucedió con el barroco catalán durante la Guerra Civil de 1936-1939 y en los años de posguerra, e incluso como ocurrió con el modernismo a mediados del siglo XX, fueron mutiladas o eliminadas de la historia. [Ni que decir tiene que el historiador del arte hará unas descripciones con enfoques diferentes a los de cualquier otro profesional, por ejemplo, un arquitecto o un arqueólogo, que tienen su propio método de descripción y sus propios puntos de interés. Todas ellas se complementan y enriquecen el conocimiento de los elementos.
Cada época ha contribuido a aumentar el patrimonio cultural con la aportación de nuevas obras, nuevas técnicas, nuevos materiales, nuevos criterios, nuevas formas, nuevos símbolos. Conociendo su evolución a través del tiempo, su adaptación a las nuevas tecnologías, a las nuevas mentalidades y a las necesidades de cada tiempo, su relación causa-efecto, podemos llegar a entender el proceso de simplificación que se ha operado en la arquitectura, en los sistemas y técnicas constructivos y en el arte en general de nuestro tiempo y por qué ha sido posible. Esta es una responsabilidad y una importante labor del historiador del arte: a partir del conocimiento y de su valoración lo más objetiva posible de los fenómenos artísticos, proporcionar datos que complementen aquellas otras materias que, en el caso que nos ocupa, inciden en la restauración monumental, y por extensión, constituyen un paso más en el desarrollo de las ciencias Sus aportaciones a la historia de la construcción (materiales, sistemas, técnicas), de los cambios de concepto de espacio-forma, de función-ambientación, de iconografía, de símbolos y de significado, pueden ser útiles no sólo para reconstruir la historia de un edificio concreto, sino para relacionarlo con otras producciones más o menos próximas desde los puntos de vista geográfico y cronológico.
Antes he hablado de la actividad difusora que compete al historiador del arte. Esta labor, entre otras cosas, redunda no sólo en el conocimiento de la obra artística, sino también en el aprecio y en el valor que se deriva de aquél. Este sentimiento ha llevado, a veces, a la reconstrucción total de obras en ruinas o desaparecidas; ha llevado también a hacer ampliaciones que siguen el mismo estilo de la obra original, o a recuperar espacios y a reproducir ambientes que habían perdido su carácter esencial y más significativo, o a hacer restauraciones respetuosas con la arquitectura existente. Otras obras, en cambio, no han corrido la misma suerte. Las hay que, a causa de guerras, revoluciones, robos o destrucciones justificadas por nuevas construcciones, se han perdido irremisiblemente. Son piezas irrecuperables, de las cuales la historia del arte apenas si tiene una breve referencia escrita, algún dibujo o alguna fotografía que, en su momento, alguien tuvo la precaución de hacer [Link 17, 18, 19].
En el estudio histórico-artístico de un monumento, la aportación del historiador no se puede limitar a afiliarlo a una época o un estilo determinados. Igual que el documentalista indaga en la procedencia de los materiales y los compara, y elabora la historia oral a través de testimonios de la época, el historiador del arte debe hacer la propia historia de la restauración que se está llevando a cabo, tomar nota de las aportaciones de los industriales que intervienen, de la manera de hacer de un maestro albañil, un carpintero, un herrero, un vidrierista o un ceramista (y si se inspiran en la tradición o utilizan los catálogos actuales de materiales industrializados). Ello constituye un documento verbal que se debe registrar con el fin de no perderlo para la posteridad. Se trata de una nueva responsabilidad del historiador: relatar y dejar por escrito, como un documento más para la historia, esos hechos objetivos, esas vivencias actuales. Elaborar, en definitiva, la historia de esa restauración.
El cometido del historiador del arte, a lo largo del proceso de una obra de restauración, es aportar datos al resto de miembros del equipo pluridisciplinar a través de sus estudios, la observación directa, las conversaciones con los técnicos e industriales de las obras, el seguimiento y el asesoramiento artístico en la restauración arquitectónica y en la de pinturas, mobiliario y otras artes, e, incluso, la localización de materiales o piezas artísticas necesarias a la obra y de artesanos especializados. Aún hay otros cometidos finales: en primer lugar, la elaboración de un inventario –que recoja y sintetice los datos arqueológicos, documentales y estilísticos, así como la descripción y la cronología– de todos aquellos objetos artísticos (pétreos, cerámicos, metálicos, de vidrio o de madera) encontrados en las excavaciones o en la exploración o desmontaje de las fábricas de los edificios, que ya no pueden ser reaprovechados en la misma construcción; en segundo lugar, el inventario, con el análisis histórico y artístico y la representación gráfica y fotográfica pertinente, de aquellos elementos que se han decidido conservar en la obra de restauración por su valor cultural y testimonial, como por ejemplo pinturas murales y grafitos. Por último, su colaboración es necesaria en la museización de esos objetos y en su presentación didáctica al público. Museización que debería implicar sólo lo relevante como pieza descontextualizada, pero no cómplice del despojo de los ambientes originales o evolutivos.