Los nuevos planteamientos de la gestión del patrimonio cultural en el ámbito urbano: planes estratégicos y distritos culturales | Celia Martínez Yáñez
La gestión cultural en la ciudad
Las nuevas tendencias de la gestión del patrimonio tienen en el ámbito de la ciudad un marco privilegiado para su análisis, ya que la evolución de sus criterios es el reflejo, no sólo de las nuevas instrumentalizaciones a las que han sido sometidos el patrimonio y la cultura para intensificar su dimensión presente y su valor productivo, sino porque, además, los objetivos que se plantean se corresponden perfectamente con las orientaciones que actualmente rigen el rediseño de la imagen y la proyección de la ciudad mediante la comercialización y potenciación de sus señas de identidad. En este sentido, las tendencias emergentes de la gestión cultural tienen un nexo común muy destacado: su inextricable relación con la economía de la experiencia. Se trata de una tendencia económica bastante novedosa que afecta de lleno a las nuevas finalidades patrimoniales y consistente en que, ante la saturación de productos y bienes, el consumidor, objetivo final de los nuevos modelos de gestión, busca un nuevo tipo de vivencias que se relacionan no ya con la adquisición de productos sino con la experimentación de nuevas sensaciones basadas en valores intangibles. Como indica Ballart, la economía basada en esta nueva pauta de consumo “Consiste en dar una vuelta de tuerca más que conduce del industrialismo puro y duro (producción de bienes básicos) a una sociedad postindustrial que inventa, no ya servicios cada vez más sofisticados y con mayor valor añadido, sino que además redescubre el valor de lo intangible bajo la forma de ofertas que buscan proporcionar a la gente nada menos que experiencias personales, intelectuales y sensoriales con las que vivir de forma más plena y estimulante la vida” (5).
El patrimonio cultural de las ciudades y los servicios terciarios relacionados con el mismo, que proporcionan en parte esos productos con valor añadido y ese tipo de vivencias al consumidor cultural, se convierten así en factores determinantes para la diferenciación e identificación de las ciudades y en un aspecto clave de la diversificación económica de las mismas. Consecuentemente, el sector cultural ha ideado un sinfín de productos y programas, para el ciudadano y el visitante, del que se extraen importantes beneficios económicos y que se renueva constantemente debido al carácter multifacetado de la cultura y las oportunidades que sus componentes proporcionan para crear nuevas ideas e iniciativas de desarrollo. La puesta en valor del patrimonio en la ciudad, como protagonista o marco y escenario de estas actividades, tiene un papel cada vez más destacado y demandado. Por ello, muchos gobiernos municipales desarrollan en la actualidad un papel dinamizador creando relaciones y redes horizontales de participación de distintas administraciones, organizaciones ciudadanas, empresas, consorcios, convenios, etc., con los que se pretende tanto encontrar nuevos aliados para la financiación de la conservación y reutilización productiva del patrimonio como para la creación de nuevas ofertas culturales que generen riqueza, por ejemplo, mediante la atracción del turismo. Un buen ejemplo de ello, como veremos, lo encontramos en los distritos culturales y planes estratégicos que han diseñado diversas ciudades para situar a la cultura como eje fundamental del desarrollo y futuro crecimiento de la misma.
Se abren así nuevas posibilidades para la utilización del patrimonio y se multiplican los actores que intervienen en su gestión, sin embargo, ello no debería conllevar necesariamente una pérdida de competencias para las administraciones. Al contrario, su papel debería verse reforzado al actuar las mismas como aglutinante o intermediario de esos nuevos agentes e intereses y, lo que es más importante, al ser ellas las garantes, aunque no siempre ofrezcan esta garantía, del carácter público y la conservación y difusión del patrimonio. Insistimos, por lo tanto, en que las nuevas iniciativas de gestión que se llevan a cabo deben estar tuteladas por los poderes públicos que, además, están también obligados a armonizar la conservación y rentabilización del patrimonio y a ambas acciones con los nuevos usos y significados que la sociedad demanda, cada vez más, de los bienes culturales y de la cultura en general. Entre ellos habría que destacar, además de la generación de riqueza mediante la atracción del turismo y todo tipo de inversiones, los que los asocian con la salvaguardia de la diversidad cultural y la identidad de los diversos colectivos que conviven en la ciudad, con el diálogo democrático y el pluralismo y con un acceso a los contenidos culturales y patrimoniales que esté guiado por valores como la educación, la calidad, la igualdad social y la universalidad.
El patrimonio cultural en los planes estratégicos de las ciudades
Una de las herramientas más novedosas con las que las administraciones municipales se han dotado para intentar responder de forma unitaria a estas demandas sobre el patrimonio y la cultura ha sido la puesta en marcha de planes estratégicos, y especialmente planes estratégicos de cultura, que han experimentado un gran auge desde la década de los noventa del siglo pasado. Una de las ventajas de estos planes respecto a otras iniciativas sectoriales con objetivos similares, además del amplio consenso social necesario para su puesta en marcha, es la persistencia en el tiempo y la flexibilidad en su aplicación, que, al mirar más allá del horizonte temporal de una legislatura municipal, evita el obstáculo que supone para el desarrollo dinámico de la ciudad el hecho de que con cada cambio de gobierno se alteren los proyectos en marcha y se cambien los valores que soportan la estrategia de la ciudad.
De entre las varias definiciones existentes sobre los términos “plan estratégico” y “plan estratégico de la cultura”, en el ámbito urbano, nos interesan especialmente las siguientes, extraídas del Plan estratégico de Ciudad Real 2015 y del Plan Estratégico de la Cultura de Barcelona “nuevos acentos 2006”, respectivamente:
-“Un plan estratégico es un proceso de reflexión por parte del conjunto de agentes que forman una ciudad mediante el que definen cuál es el futuro que desean para su ciudad, las bases sobre las que se sustentará ese futuro y las estrategias y proyectos concretos a ejecutar a lo largo del horizonte temporal para el que se ha definido” (6).
-“Los planes estratégicos de cultura de las ciudades son, en la mayoría de casos, un referente de cómo se percibe la cultura en un determinado territorio, del papel que tiene en el conjunto de las políticas públicas y de la dimensión que el término cultura adquiere en cada caso” (7).
Los elementos que configuran un plan estratégico suelen ser los siguientes:
-Diagnóstico: un examen de la situación actual de la ciudad, necesaria para evaluar las carencias y potencialidades de la misma.
-Visión estratégica: visión sobre el futuro deseado de la ciudad, que se resume en un conjunto reducido de ideas clave.
-Líneas estratégicas o estrategias globales: conjunto de líneas de trabajo sobre las que avanzar para conseguir los fines que se han marcado.
En la última etapa de la definición estratégica se profundizará en cada una de las líneas estratégicas, identificando proyectos concretos a desarrollar en el marco de cada una, así como proyectos globales con impacto sobre varias o todas ellas. También se sentarán las bases para la continuación del Plan Estratégico, identificando indicadores de seguimiento para cada una de las líneas, así como mecanismos y responsabilidades de los distintos órganos.
El patrimonio en los planes estratégicos de Barcelona, Ciudad Real y Sevilla
La intervención sobre el patrimonio en los planes estratégicos tiene escalas de aplicación muy diversas que van desde la gestión de un monumento y su entorno singularmente considerados, hasta la ciudad y el territorio, y, por tanto, debe ser concretada según el ámbito al que nos estemos refiriendo. En cualquier caso debemos señalar a priori que, por lo general, en estos planes el patrimonio no suele ser un objetivo diferenciado en sí mismo, ni se corresponde con su caracterización desde un punto de vista normativo, puesto que las actuaciones sobre él se enmarcan en un conjunto de programas que se basan en un concepto de cultura necesariamente amplio al intentar poner en valor el mayor número posible de recursos y cumplir con la finalidad de los mismos: situar a la cultura y a todos sus componentes, de los cuales, insistimos, el patrimonio es simplemente uno más, como motor del desarrollo económico y social de la ciudad.
Entre los objetivos comunes de los planes estratégicos analizados cabe destacar los siguientes:
-La rentabilización de la cultura, entendida en un sentido muy amplio, mediante un conjunto de actuaciones interrelacionadas que la sitúan como motor de cambio y desarrollo de la ciudad
-La preservación del patrimonio cultural y la integración entre tradición (historia y patrimonio) y creación e innovación.
-El fomento del acceso a las nuevas tecnologías o a nuevas formas de creación, producción y consumo cultural y la promoción de las producciones culturales locales, industriales o artesanales, facilitando su comercialización.
-El desarrollo paralelo de la cultura y el turismo, haciendo accesible física e intelectualmente la primera para los visitantes.
-La interrelación entre cultura y comunicación y cultura y calidad de vida (8).