Los nuevos planteamientos de la gestión del patrimonio cultural en el ámbito urbano: planes estratégicos y distritos culturales | Celia Martínez Yáñez
En definitiva, la utilidad de estas herramientas reside en el entendimiento de la ciudad y el patrimonio como un factor de desarrollo económico conducido por los factores culturales, que debe ser gestionado de forma efectiva, por agentes económicos, no económicos e institucionales, combinando la puesta en valor del patrimonio, y su capacidad para generar nuevas industrias y productos culturales, con su conservación.
A la luz de las diversas experiencias que hemos contemplado, podemos concluir que la gestión del patrimonio y de la cultura en el ámbito urbano han desarrollado muy ampliamente sus contenidos y objetivos en las últimas décadas para contemplar no sólo la difusión de los valores patrimoniales y culturales mediante diversas actividades sino, sobre todo, para proponer nuevos proyectos de desarrollo que se centran en la explotación su dimensión económica mediante la creación de nuevos servicios y productos de consumo, por una parte, y la instrumentalización de ambos como imagen de marca de la ciudad de cara a su propia renovación y promoción exterior, por otra.
Para llevar a cabo estas nuevas funciones, el patrimonio y la cultura han sido también objeto de técnicas antes ajenas por completo a su mundo, como el marketing estratégico y, en general, de todas las acciones que se derivan de la importancia otorgada a la inversión privada. El renovado interés empresarial por el patrimonio se manifiesta especialmente en la creación de distritos e industrias culturales y también en su instrumentalización como puente entre la herencia pasada y la creación contemporánea, tanto cultural como de productos de consumo, la cual ha llevado a una revisión general de los propios valores del patrimonio y a considerar, sobre todo, su dimensión presente.
En nuestra opinión, todos estos nuevos objetivos son en principio positivos puesto que demuestran otras utilidades emergentes de la valorización del patrimonio además de la exclusivamente turística, que no por ello deja de ser uno de los objetivos principales de la actual gestión patrimonial. En este sentido, es necesario destacar cómo algunos de los ejemplos que hemos analizado, como el de Temple Bar en Dublín o el de Sevilla, auguran un nuevo equilibrio entre la consideración de la cultura como factor de desarrollo económico y social, al explorar su dimensión productiva no ya a través del uso y la activación directa del patrimonio, sino mediante el estudio y potenciación de su posición y potencialidades en el marco de las actividades económicas que se centran en él, aportándole un valor añadido como generador de nuevas actividades y riqueza económica.
Quizá el mayor inconveniente de estas nuevas orientaciones de la gestión sea que la mayoría de ellas eluden cualquier referencia a la materialidad de los bienes y lo reorientan en la órbita de la creación de un capital simbólico y una imagen de marca de la ciudad que, aunque efectivamente contribuyen a su apreciación y mantenimiento, lo hacen sin subrayar suficientemente sus especiales valores y necesidades, lo cual redunda en una cierta regresión de la tutela al equiparar el patrimonio a cualquier otro producto cultural o a cualquier otra creación contemporánea que sea distintiva y propia del carácter de la ciudad en cuestión. Por más que el patrimonio tenga una dimensión presente muy importante, y que haya demostrado ser un factor de desarrollo económico, la tendencia a identificar los objetivos de la economía de la cultura, la gestión cultural y la gestión del patrimonio cultural puede llevar a ignorar la especificidad y fragilidad del patrimonio y a situarlo, de cara a su instrumentalización y difusión, en el mismo nivel que la creación contemporánea u otros sectores de la cultura que no poseen ni sus mismos valores, ni dicha fragilidad y connotación de herencia común. Es preciso recordar, por lo tanto, que la difusión y puesta en valor del patrimonio deben insertarse, en primer lugar, en el marco general de la tutela y que, en este sentido, no pueden realizarse de la misma manera ni con los mismos instrumentos que se emplean, por poner un ejemplo, para promover la lectura o el acceso a las nuevas tecnologías.