e-rph nº 1, diciembre 2007 Intervención | Experiencias
Restaurar es reconstruir. A propósito del nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola de Berguedà (BARCELONA) | Antoni González Moreno-Navarro
En los primeros años ochenta del siglo pasado, reciente aún la reconquista de la democracia y la aceptación casi unánime de la Constitución, y temblorosos aún los espíritus por el susto de los tricornios, las gentes del patrimonio histórico impulsaron una nueva ley acorde con los tiempos. Se trataba se sustituir la venerable ley de 1933. A los arquitectos, a quienes nos correspondía casi en exclusiva aún entonces la tutela de la parcela de lo inmueble de ese genérico patrimonio, nos tocó, también casi en exclusiva, velar por los aspectos de la ley que se relacionaran con él.
Los arquitectos tocados por el patrimonio (que éramos muchos menos que pocos años después, ya que los de entonces sólo lo estábamos por la vocación o el delirio, pero no aún por falta de trabajo en los despachos) andábamos entonces obsesionados; unos, sobre todo los periféricos, por discutir unos criterios válidos para definir cómo intervenir en los monumentos, por si al hilo de la democracia, y ve tú a saber si lo de las autonomías, algún día se nos presentaba la ocasión de intervenir en alguno. La obsesión de otros, los más próximos al poder (por haberse movido siempre -al margen de cuál hubiera sido, fuese entonces o fuera a ser en el futuro inmediato su pensamiento político- por los ministerios madrileños o sus aledaños) era otra: desplazar de una vez por todas del monopolio a los viejos carcamales, presunta o ciertamente adheridos a los vientos del pasado, que se repartían encargos, trabajos, prebendas y certezas doctrinales.
Las diversas inquietudes respecto del futuro de nuestro patrimonio monumental, de tan diversas raíces y motivaciones, se fueron entrelazando en un complejo proceso de diálogo, más o menos profundo o aparente, hasta que, más o menos sintetizadas o sumadas, tomaron carta de naturaleza en una ley que parecía, por fin, sentar las bases (es más, ¡los preceptos!) de lo que debía de entenderse por la correcta intervención en los monumentos. Así, un artículo, a la postre el menos venerado de todos, el 39, pretendió acabar (por hacerlas ya innecesarias) con las discusiones sobre los criterios y cerrar todas las puertas y rendijas por las que pudieran intentar colarse en la nueva praxis acorde con la nueva ortodoxia los acaparadores de la vieja praxis. Hasta que otra futura ley no modificara lo allí establecido, ya no cabía más reflexión intelectual sobre el asunto.
Lo más llamativo de ese posiblemente bien intencionado artículo 39, que daba carpetazo a las inquietudes conceptuales, fue la ausencia de cualquier referencia a un método de trabajo por el cual se pudiera llegar a establecer unos criterios (qué falta hacía, debió de pensarse, si ya estaban fijados para siempre...); y, por otra parte, el manejo impreciso de palabras tan susceptibles de múltiples interpretaciones en nuestro ámbito (algunas, incluso, afectas de polisemia congénita), como conservación, consolidación, rehabilitación, estabilidad, mantenimiento, originalidad, autenticidad y mimetismo. Y lo más desconcertante era, sin duda, la condena genérica de los “intentos de reconstrucción”, salvo cuando se pretendieran realizar mediante “partes originales” (extraña expresión, no se sabe si referida a porciones, pedazos, trozos o fragmentos, bien de sistemas, fábricas o materiales, bien preexistentes o presentes) cuya autenticidad (una de las malditas palabras no definidas por la ley) pudiera probarse.
Y si llama especialmente la atención esta condena genérica es por una razón: la historia de la restauración monumental (antes y después de los romanos; antes y después de las Cantigas del rey sabio; antes y después de la Revolución Francesa; antes y después de los cientos de cartas promulgadas en los siglos pasados) es la historia de la reconstrucción monumental. La historia de cómo, mejor o peor, con mayor o menor tino, con mayor o menor habilidad arquitectónica y plástica, con mayor o menor respeto a los valores documentales del objeto heredado, se han reconstruido los monumentos.
¿En aras de qué, por lo tanto, se condena la reconstrucción monumental en nuestra nueva ley, más magna que venerable? Es más, ¿en aras de qué se reprime la reconstrucción en el pensamiento casi único dominante en Europa desde que los restauradores, incluso los más restauradores, absorbieran inconscientes las perniciosas teorías del crítico inglés aquerenciado por los cadáveres monumentales en descomposición? ¿en aras de la autenticidad? ¿de esa autenticidad que nos reclamaron los reunidos en Venecia en 1964 para dejarnos un recado en forma de carta?
La autenticidad del monumento
La Carta de Venecia hizo bien cuando nos obligó moralmente a hacer la transmisión de los monumentos con toda la riqueza de su autenticidad. Lo malo es que, al no haber definido en qué consiste esa autenticidad reclamada, cada cual ha tenido que reinterpretarla. Recientemente ocurrió un hecho en Barcelona que evidencia la dificultad de ponerle el cascabel al gato de la autenticidad. En el Park Güell se produjo una acción vandálica: la destrucción del morro del dragón, si es que así puede llamarse la bestia que Gaudí colocó en las escaleras de acceso al recinto alto. Los medios propalaron el terrible suceso, y la ciudadanía, toda a una, alzó su clamor. Ocurrió como cuando ardió nuestro teatro lírico, el viejo Liceo: de todos los recovecos urbanos y sociales surgió el mismo grito, la misma exigencia: la inmediata reconstrucción. A nadie se le ocurrió, o a nadie se le oyó, aludir a determinados criterios o teorías y reclamar “la conservación de la huella del vandalismo como documento histórico del siglo XXI”. Sólo devolver el monumento al estado anterior a la destrucción podía considerarse como la recuperación de la autenticidad traumada. Y así se hizo. Y así, volvió a ser auténtico el famoso y celebrado dragón gaudiniano. (Pero, ¡ay, qué cosas tiene la historia! Resulta que aquél, ya no era el auténtico dragón que proyectara Gaudí. El auténtico dragón de Gaudí no era el que rompieron los vándalos y recuperaron los expertos. El auténtico dragón de Gaudí era otro, mucho más violento y agresivo; nada que ver con este dragón domesticado para disfrute de niños y turistas orientales en que lo transformaron los restauradores de los años sesenta, o de antes, no recuerdo). ¡Qué difícil, madre, definir la autenticidad!
Nosotros lo intentamos hace unos años. No para predicar un evangelio nuevo, sino para consumo interno. Para poder plantearnos qué hacer con los monumentos de nuestra provincia que nos llegaban hechos unos zorros, no ya por la acción de los vándalos, sino simplemente a causa de la historia, del vivir de las gentes, de los agentes atmosféricos y, no nos olvidemos, de la propia fuerza de la gravedad y demás leyes no promulgadas por los humanos.
Lo publiqué en 1999 y lo repito ahora: “Si entendemos el monumento como suma de valores de carácter documental, arquitectónico y significativo, la autenticidad debe referirse, no tanto a su materialidad, como a esos valores, o no debe de hacerse tanto en función de la materia en sí, como del papel que ésta juega en la definición de aquellos valores esenciales. En cuanto a la materia, por tanto, habrá que valorar con distinto rasero su naturaleza, su forma, su papel (constructivo, estético, etc.) y la relación de contemporaneidad entre su presencia en el monumento y el acto (creativo o técnico) que la dispuso por primera vez. [...] La autenticidad de un elemento o del monumento en su conjunto no se basa tanto en la "originalidad temporal" de la materia o de su naturaleza, como en que sea capaz de autenticar de "acreditar de ciertos" los valores del monumento: de documentar los atributos espaciales, mecánicos y formales inherentes a los sistemas constructivos y los elementos ornamentales originales (o, incluso, en ocasiones, las señales, las huellas que la historia y los avatares han dejado en unos y otros), y de permitir la funcionalidad y la significación estética y emblemática que unen el monumento a la colectividad.”(1)
“El que la sombra que produce una moldura [decía entonces y mantengo aún], las proporciones y capacidad portante de una columna, o la luz que tamiza una celosía correspondan a las previsiones de sus autores es más definitorio de la autenticidad de esos elementos que el que las materias con que están hechas la moldura, la columna o la celosía sean las originales o no. Son más auténticos un muro de carga o una bóveda que trabajen tal y como fue previsto originariamente, aunque todos sus componentes sean nuevos, que un muro o bóveda cuyos elementos hayan sido materialmente conservados pero que hayan perdido su capacidad mecánica. La autenticidad de una dovela radica más en la manera como transmite la carga que en la antigüedad de su labra. Igual ocurre con un espacio, que será más auténtico cuanto más se aproxime al concebido por el autor o al resultante de una alteración creativa posterior , al margen de que los elementos constructivos sean los originales u otros que los hayan substituido”. Por ello, me pregunto una vez más quién puede dudar de la autenticidad del Pabellón de Alemania de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, derruido en 1930 y reconstruido entre 1981 y 1986 en el mismo solar con materiales idénticos y la misma significación cultural que tuvo la primitiva obra de Mies van der Rohe.