e-rph nº 1, diciembre 2007 Intervención | Experiencias
Restaurar es reconstruir. A propósito del nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola de Berguedà (BARCELONA) | Antoni González Moreno-Navarro
A vueltas con lo de falso histórico
Precisar el concepto de autenticidad comporta hacer lo propio con el de falsedad, concepto que, como aquél, debe referirse no tanto a la originalidad de la materia como a los valores esenciales del monumento. En el mundo del patrimonio artístico se acostumbra a considerar falso histórico el resultado de cualquier intervención tendente a la restitución del aspecto original de la obra, por considerar que "pretende insertarse en ese ciclo cerrado que es la creación, substituyendo al propio artista o suplantándolo"(2). La traslación de este juicio valorativo al ámbito del patrimonio arquitectónico olvida la diversa naturaleza de los actos creativos que dan origen a las obras de arte y las de arquitectura, lo que provoca perniciosas confusiones.
De una obra de arte, normalmente, el autor protagoniza no sólo su concepción, sino también su ejecución; en una obra de arquitectura, son otros los que a partir de la propuesta creativa del autor la realizan. Puede darse el caso de obras de arquitectura auténticas póstumas; nunca así, hasta ahora, una pintura o una escultura. Sería posible, por tanto, "insertarse en un ciclo creativo arquitectónico" sin cometer falsedad. En realidad, en arquitectura, por lo general, no existen ciclos creativos cerrados, sino evoluciones -creativas o no- para adaptar las obras a las realidades que las rodean y las justifican. (La capacidad del monumento de ser adaptado y reinterpretado es una facultad derivada de su propia esencia arquitectónica, de su genuina autenticidad). Completar ese ciclo creativo -no cerrado, sino detenido en el tiempo- puede no constituir tampoco falsedad.
Debería ser otro el concepto de falso histórico aplicado a los monumentos. Al contrario de como ocurre en las obras de arte, en las obras arquitectónicas deberían calificarse así las aportaciones que, renunciando a "insertarse en el ciclo creativo", intentan disimular su cronología: como esas construcciones "históricas" hechas de fábrica de ladrillo aplacada con piedra artificial con que se completan algunos monumentos o se llenan nuestros desgraciados centros históricos protegidos en aras de "mantener su autenticidad".
En el patrimonio monumental, tan preocupante o más que el falso histórico, es el falso arquitectónico. Es decir, los elementos cuya esencia constructiva o estructural ha sido gratuitamente desnaturalizada (como esos muros despojados de sus revestimientos en aras a un absurdo pintoresquismo historicista) y la mayoría de las "lagunas", las interrupciones o faltas materiales.
Efectivamente, así como en los bienes artísticos estas lagunas no parecen afectar a su autenticidad (al contrario, es la voluntad de subsanarlas la que acostumbra a generar el falso histórico), en los bienes arquitectónicos, según nuestro concepto de autenticidad, las lagunas constituyen en sí mismas un falso arquitectónico. Una arquitectura cercenada de sus atributos esenciales un edificio sin cubierta o un acueducto que no transporta agua, por ejemplo no puede ser en sí misma auténtica, por mucho que lo sean algunos o todos los elementos constructivos conservados.
Los monumentos de la Acrópolis ateniense, privados de la policromía de sus elementos de piedra y, la mayor parte, de su cubierta, tiene más de despojo arquitectónico que de auténtica arquitectura. Constituyen en definitiva una arquitectura falsificada por su propio devenir, un falso arquitectónico. Los trabajos que se realizan actualmente en los Propileos(3), con ser dignos de admiración, especialmente en cuanto parecen indicar que se han roto las barreras que aislaron hace unos años al arquitecto Manolis Korres, no dejan de ser más que tímidos ensayos de la auténtica restauración que merecen aquellas venerables obras arquitectónicas.
Porque Restaurar es Reconstruir. Digan lo que digan el testamento subliminal del crítico inglés y sus herederos. Diga lo que diga nuestro artículo 39. Y eso es lo que hemos hecho, o en ello estamos, con el monasterio conocido hasta ahora como de Sant Llorenç prop Bagà. Un monumento fundamental de la arquitectura medieval catalana, por fortuna nunca declarado como tal por ley alguna.
El monasterio de Sant Llorenç prop Bagà
El viejo monasterio de Sant Llorenç prop Bagà se halla sobre un altozano que preside el casco urbano de Guardiola de Berguedà, un municipio de creación reciente, cuyo núcleo principal se formó a raíz de la construcción de una estación del ferrocarril minero que llevaba el carbón de la cuenca de Berga hacia Manresa y Barcelona. La ocupación del lugar, sin embargo, viene de antiguo. Dan fe el los restos del castillo de Guardiola, anterior al siglo X, su puente románico y nuestro cenobio, citado por primera vez en la documentación escrita el año 898, aunque parece ser aún más antiguo.
Según les arqueólogos Alberto López Mullor y Àlvar Caixal Mata, “en un momento indefinido del siglo VIII, o quizá antes, una pequeña comunidad monástica se instaló en las cuevas que existen en el acantilado que domina la confluencia de los ríos Llobregat y Bastareny. Poco después debió construirse la primera iglesia cenobial, un pequeño edificio de planta rectangular y tres naves con cabecera tripartita, cuyos vestigios muy arrasados hemos recuperado en las campañas de 2001 y 2002”.(4)
La segunda fase constructiva, siempre de acuerdo con los arqueólogos citados, data de hacia el penúltimo o el último decenio del siglo X. En la zona de levante del yacimiento se erigió un edificio de planta rectangular muy alargada, orientado de norte a sur, paralelo al acantilado al que se abren los eremitorios, edificio que fue ocupado por los propios eremitas y otros monjes. Probablemente fue entonces cuando todos adoptaron la regla de san Benito. Poco después, a partir de finales del siglo X, se iniciaría la construcción de una gran basílica, cuya acta de consagración data del año 983. “Este edificio de porte clásico, la mitad del cual” –dicen López Mullor y Caixal- “se conserva todavía prácticamente completa, tenía planta rectangular, midiendo 33 por 18 metros. Interiormente, estaba subdividido en tres naves, la mayor de doble anchura que las laterales, distribuyéndose el espacio mediante dos columnatas. Suponemos que su cubierta era de losas, sostenidas por elementos de madera, que descansaban en pilares centrales y en semicolumnas, solidarias de la fábrica, que aún permanecen en las paredes perimetrales. En la mitad occidental los pilares fueron eliminados en el siglo XII, al construirse, según veremos una gran tribuna en la nave central. En la mitad oriental sólo hemos localizado los vestigios de los cimientos de uno de ellos, habiendo desaparecido los restantes a causa de las muchas modificaciones que sufrió esta área. Las tres naves se cobijaban bajo una única cubierta a dos aguas.” Eso, insisto, dicen los arqueólogos.
Según su docta versión, “el terremoto que sacudió gran parte de Cataluña el 2 de febrero de 1428 [...] afectó gravemente a la mitad oriental de la iglesia y a gran parte de las dependencias monásticas. A raíz de estos sucesos, el cenobio, que ya había entrado en una etapa de decadencia, padeció un proceso irreversible de pérdida de influencia y de estancamiento económico. Esta situación determinó que hasta casi doscientos años después del seísmo no se dispusiera de medios para paliar sus efectos. Se inició entonces una larga serie de derribos y ulteriores construcciones o reconstrucciones. En la iglesia sólo se reconstruyó la mitad occidental de las naves central y meridional, de tal manera que el edificio resultante se parecía muy poco al original, puesto que era la mitad de grande y su estilo podía definirse entre rústico y ecléctico. En su interior, se decidió utilizar para el culto sólo el nivel superior, marcado por el pavimento de la antigua tribuna, a causa de la acumulación de ruinas que había hecho crecer el nivel del entorno.
Este nuevo planteamiento implicó que el nivel de uso primitivo de la iglesia se convirtiese en pavimento de un sótano. Su espacio central siguió cubierto por las bóvedas de arista de la antigua tribuna y, en la nave sur, se construyeron una bóveda, en el extremo sudeste, y un forjado en el resto. La parte baja de la nave norte –la parte alta había desaparecido, en parte por efecto del terremoto y en parte derribada-, quedó aislada al tapiarse sus comunicaciones con el resto del edificio. Por fin, para reforzar la estructura, se colocaron tres contrafuertes en la fachada meridional, uno de ellos adosado a la casa del abad, reconstruida. La mitad oriental de la antigua iglesia y gran parte del entorno oriental y meridional –a excepción del cementerio- se llenaron de dependencias agropecuarias, que ocupaban, compartimentándolas o modificándolas, las antiguas dependencias monásticas.” [Ilustración 1]
Ilustración 1. La iglesia del monasterio de Sant Llorenç prop Bagà y la casa rectoral, hacia 1930. Foto, J. Ribera
Mi versión, nada docta, sólo intuitiva, como corresponde a la de un arquitecto que ha tenido en sus manos cientos de monumentos pero de ninguno de ellos ha aprendido suficiente como para dictaminar con total certeza sus devenires históricos, difiere algo.