e-rph nº 1, diciembre 2007 Intervención | Experiencias
Restaurar es reconstruir. A propósito del nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola de Berguedà (BARCELONA) | Antoni González Moreno-Navarro
Yo imagino aquel templo en el siglo XV, cuando ocurrió el terremoto, a medio acabar todavía. Me faltan certezas respecto de que la parte que según los historiadores cayó entonces hubiera llegado a existir nunca. Que alguien proyectó cómo hacerla, sí. Y que la habían empezado a construir, también, por supuesto. Pero como yo nací y desde entonces vivo muy cerca del templo de la Sagrada Familia de Barcelona y lo he visto crecer poquísimo a poquísimo (y ya va por su tercer siglo), no puedo evitar pensar que si ahora un terremoto la medio tumbara (no el AVE, que eso, toco madera, son fantasías de agoreros que se curan en salud por si luego hay algo que rebañar del erario público gracias a alguna grieta), si cayera una pequeña parte del templo iniciado por Gaudí y continuado de manera espuria y quedara el resto como está ahora; y si se perdieran los planos y las fotos (que no sería la primera vez en ocurrir en aquella tremebunda obra), ¿qué dirían los arqueólogos del siglo XXIII al estudiar sus restos? Posiblemente dirían que el templo estuvo todo él en pie (y acabado todo él antes de 1992, no en balde lo visitó entonces un Papa, que es más que un obispo de comarca, posiblemente un dato inequívoco antequem también para los sabios de ese siglo venidero).
Respecto del resto de la historia de Sant Llorenç, no hay dudas ni disputas. La mayor parte de los testimonios los hemos visto todos, y casi todos los hechos recientes los hemos vivido juntos. “Dentro del recinto, a pocos metros del templo” -dicen López y Caixal- “hubo un edificio erigido en parte aprovechando los muros de una antigua casa parroquial y en parte sobre los restos del monasterio medieval. Construido en 1967 para seminario de verano por la diócesis de Solsona [cuando gobernaba allí el luego famoso obispo Tarancón] no se utilizó jamás como tal, albergando durante bastante tiempo colonias escolares. [Ilustración 2] En 1998, diferentes informes técnicos revelaron graves deficiencias estáticas, que aconsejaron su cierre inmediato y su desmontaje, que se llevó a cabo en 2001. La desaparición de este edificio ha permitido por fin poner al descubierto de manera extensa la basílica y las ruinas del monasterio de Sant Llorenç. Hasta hace pocos años el conjunto había pasado prácticamente desapercibido para el gran público, aunque los estudios arqueológicos realizados por nuestro Servicio ya hubiesen puesto al descubierto e interpretado la mayor parte, corrigiendo teorías anteriores parciales o inexactas.”
Ilustración 2. La iglesia del monasterio de Sant Llorenç prop Bagà, después de la primera fase de obras de restauración, y la casa de colonias del obispo Tarancón. Foto, SPAL, Diputación de Barcelona
A vueltas con la restauración
Como jefe de Servicio tuve que hacerme cargo de ese monumento a principios de la penúltima década del siglo XX, es decir, cuando ya lucían todas las huellas que la historia había dejado sobres sus fábricas y su entorno. Entonces surgieron los primeros proyectos, firmados y dirigidos por el arquitecto Albert Bastardas i Porcel. (Suya es, por ejemplo, la nueva coronación del campanario, durante muchos años, símbolo de la paulatina recuperación del edificio). Unos años después, tras conseguir que se impusiera el sentido común y se derribara el desafortunado e inestable edificio de la Casa de Colonias del obispo Tarancón, y una vez despanzurrado científicamente todo el entorno de los restos de la iglesia que quedaban en pie, tuvimos que replantearnos qué hacer con todo aquello. [Ilustración 3] Había llegado el tiempo del proyecto global definitivo. El reto era importante. Por una parte, se trataba de resolver un problema conceptual: ¿qué se hace en un caso así, cuando el edificio, en aras al conocimiento histórico, ha quedado en cueros y, gracias precisamente al conocimiento histórico, parece saberse cómo había sido, o cómo quiso ser, antes de devenir un monumento menguado y travestido? Pero por otra parte, había que tener muy en cuenta esos otros aspectos (omnipresentes en la restauración monumental, por mucho que algunos pretendan encerrarla en los límites del discurso conceptual) relacionados con el uso del monumento y su papel urbano o territorial, es decir, social, y con las expectativas y los sentimientos de la población –y de la propiedad- para con él. (Además, claro está, de esos otros aspectos de los que ya ni hace falta hablar: los de carácter más material, en sentido estricto y en sentido figurado).
Ilustración 3. La iglesia del monasterio de Sant Llorenç prop Bagà, una vez completados los trabajos arqueológicos del entorno. Foto, Montserrat Baldomà.
Teníamos un convenio firmado con la propiedad, el Obispado de Solsona, y otro con el Ayuntamiento de Guardiola, que es quien recibe, por parte de aquél, la responsabilidad del uso colectivo del monasterio y de su entorno; teníamos, pues, la responsabilidad de garantizar la visita pública al monasterio y, en general, de responder a un ambicioso programa de uso. Y teníamos, menos explícito, pero muy interiorizado, un objetivo de más calado aún.
Cuando acudimos al lugar a echar una mano al voluntarioso cura párroco, hoy erudito archivero en el obispado, mosén Enric Bartrina, y al entonces jovencísimo alcalde, Ignasi Costa, no fuimos sólo a resolver un conflicto histórico o de interpretación histórica de un monasterio o a ayudar a mantener en pie una iglesia histórica desvencijada. Convergía una razón más profunda: determinar las posibilidades de uso futuro de aquel conjunto en beneficio de la población en aras de responder, desde nuestra pequeña parcela, a la crisis minera y textil que había empobrecido la comarca del Berguedà. Ese era el mandato y el reto.
A quienes conocen hoy esa comarca, aunque sólo sea por atravesarla camino del túnel del Cadí para plantarse en la Cerdaña, para vegetar o esquiar, o a quienes la conozcan más adelante, les puede costar creer que el alto Berguedà atravesó una profunda crisis (económica y, de futuro, incluso de identidad). Pero no así a los que no nos escondemos las canas y la conocimos, ahora hace veinticinco años, cuando todavía no existía el túnel y llegar a lo más profundo de aquel bello cul-de-sac costaba entre tres y cuatro horas desde Barcelona. Estaba plenamente justificado, por lo tanto, intentar ayudar a la gente de la comarca en la recuperación económica, vital y cultural del territorio, a través de la revalorización de un patrimonio monumental que en otros tiempos había sido su principal dinamizador. Fue uno de los casos en que descubrimos la auténtica dimensión de la intervención en los monumentos; lo que para nosotros siempre ha sido o debió ser la restauración del patrimonio monumental: no sólo la respuesta a un problema científico o de transmisión documental; también, a una problemática de tipo económico, cultural y social.
En el momento del proyecto definitivo global, que quise asumir personalmente, se explicitaron esas ideas clave que nos habían de guiar en la labor de definir los criterios de intervención. Y estos se resumieron en uno: si pretendíamos ayudar a la comarca a redefinir su futuro, si estimábamos fundamental el hecho de recuperar la significación histórica, económica y sociocultural que había tenido el monasterio en el pasado, no cabía otro camino que la recuperación material del monumento. Su reconstrucción. Pero, ¿en qué consiste la reconstrucción? ¿Cuáles son los puntos de partida?¿Cuáles sus límites? ¿Existe una ética de la reconstrucción?
La reconstrucción del recuerdo
Eduard Punset, en el tercer capítulo de su recomendable libro El alma está en el cerebro, (5) a partir de las opiniones de Oliver Sacks, uno de sus invitados en el programa televisivo Redes, plantea unas reflexiones que a mí me han servido para dar respuesta a buena parte de esas preguntas cuanto al concepto de reconstrucción aplicado a nuestra disciplina. “En un artículo reciente”, dice Punset, “Oliver Sacks decía literalmente: ‘Daba por supuesto que los recuerdos que tenía, especialmente los que fueron vívidos, concretos y circunstanciales, eran esencialmente válidos y fiables. Y para mí fue traumático descubrir que algunos no lo eran’. Explica Sacks como en su autobiografía narró el recuerdo de las bombas que cayeron sobre Londres cuando él tenía seis años y, más concretamente, detalla minuciosamente los efectos de la bomba que cayó en el jardín de su casa. Al publicarse el libro, su hermano le rectificó: tú no puedes recordar aquella bomba, porque no estábamos en Londres cuando cayó, fue nuestro hermano mayor quien nos lo explicó. Más adelante Punset nos transmite cómo Sacks se pregunta: “¿He vivido realmente lo que creo que he vivido? ¿He vivido lo que recuerdo como vivido? ¿O lo he oído? ¿O lo he leído? Todo lo que se sabe es que nos parece real y es una parte de nosotros mismos.” Y Punset remacha: “¿Es posible que nuestro cerebro nos haga creer que hemos vivido lo que no hemos vivido? ¿Es posible tener recuerdos de situaciones que sólo hemos imaginado? ¿Tanto poder tiene nuestro cerebro y tanto puede engañarnos?”