Concepto
   
   
Legislación
   
   
Gestión
   
   
Intervención
   
     
Experiencias
   
Restaurar es reconstruir. A propósito...
Antoni González Moreno-Navarro
   
   
Difusión
   
   
Patrimonio y Desarrollo
   
   
Estudios Generales
   
   
Iniciativas Ciudadanas
   
   
Instituciones
   
   
Reseñas Bibliográficas
   
     
 
e-rph 1, dic.07 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
Escribe en revistadepatrimonio.es
La Revista
Números
Contacto
Suscripciones
Impacto
Buscar
  páginas 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6
e-rph nº 1, diciembre 2007
Intervención | Experiencias
 
 
Restaurar es reconstruir. A propósito del nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola de Berguedà (BARCELONA) | Antoni González Moreno-Navarro
 
    

 

“Nuestro cerebro nos engaña”, se atreve a afirmar Punset. “Cuando recordamos y cuando pensamos en nosotros mismos, cuando soñamos y cuando percibimos la realidad que nos rodea, nuestro cerebro nos engaña. Nuestro cerebro finge, adultera, falsifica... pero tiene buenas razones para hacerlo. [...] Para nuestro cerebro es más importante contarnos una historia consistente que contarnos una historia verdadera. El mundo real es menos importante que el mundo que necesitamos.[...] Nuestro cerebro”, para nuestra tranquilidad, concluye Punset transfiriéndonos el pensamiento de Sacks, “se asegura que nuestra percepción del mundo nos parezca fiable. No podemos vivir en una permanente inseguridad ni podemos vivir en la duda constante, de modo que el cerebro nos ayuda a confiar en el mundo y nos describe el mundo para que nos sintamos seguros“.

El cerebro de la restauración, ahora lo digo yo, no Punset, es el conocimiento histórico. Al menos, es lo que nos parece a los arquitectos restauradores que tenemos que compaginar dosis similares de verdades y de intuiciones, de racionalidad y de emociones. Y podemos preguntarnos, como Punset: ¿es posible que nuestro cerebro nos haga creer que el monumento haya vivido lo que no ha vivido? ¿Tanto poder tiene nuestro cerebro?. Punset nos recuerda en su libro que ”nuestra memoria no es de fiar: no funciona como una cámara fotográfica y, mucho menos, como el disco duro de un ordenador. Unas veces para conseguir un recuerdo coherente, el cerebro rellena los huecos de la memoria con contenidos imaginarios e irreales.”¿No será esa también una destreza del conocimiento histórico?

“El cerebro reconstruye los sucesos reales, los reinventa y los reposiciona. Al recordar, acuden a la conciencia aspectos similares a la realidad que nunca ocurrieron”. Y explica Sacks, dice Punset, cómo la neurología ha conseguido seguir los pasos de la consolidación de un recuerdo y cómo numerosos estudios han demostrado que el recuerdo implica un proceso de reconsolidación. “La recuperación de un recuerdo pasa porque la información almacenada vuelva a su estado lábil. Es una nueva vivencia del momento pasado, pero en un estado mental distinto al del instante del suceso rememorado. El recuerdo puede entonces reconsolidarse y su forma puede ser distinta. Puede atenuarse, reforzarse o incluso desaparecer”.

Nosotros, arquitectos restauradores, no queremos que desaparezca el recuerdo; lo queremos reconsolidar; en definitiva, lo queremos reconstruir. Lo queremos reconstruir, aun a sabiendas que antes tiene que pasar por este estado lábil, caduco, poco estable, poco firme en sus conclusiones. Lo queremos reconstruir aun sabiendo y aceptando, como situación absolutamente normal, que cuando alguien, un juez, un inspector de policía, dice “vamos a reconstruir los hechos”, si hay diez testigos de esos hechos, y todos de buena fe, los diez explicarán una cosa diferente. Aun así, aceptamos el reto de “reconstruir los hechos” y agradecemos que para nuestro cerebro sea “más importante contarnos una historia consistente que contarnos una historia verdadera.” El mundo real, ciertamente, es menos importante que el mundo que necesitamos.

El trabajo de los arquitectos restauradores no consiste en teorizar o discutir hipótesis. Tenemos que dar respuesta a exigencias y programas, y debemos reconstruir –restaurar, insisto, es siempre reconstruir-, con tantas limitaciones como las que tiene una máquina tan maravillosa como es el cerebro humano cuando trata de fijar el recuerdo de una experiencia vivida. Y hemos de ser conscientes que tenemos que reconstruir en un estado mental diferente al del instante del suceso rememorado. No reconstruimos un momento del pasado, reconstruimos un momento del futuro. Este es nuestro reto y esa nuestra responsabilidad.

El recuerdo de la reconstrucción


Mi intervención en el monasterio de Sant Llorenç prop Bagà, lo quiera reconocer o no mi subconsciente (y el de algunas personas amigas de mi entorno), es la última que la vida laboral me ha dado la oportunidad de poder completar (digo poder, porque, acabada, aún no lo está esa intervención). No lo comento con ánimo de alterar la serenidad de mi subconsciente (ni de dar alegrías a los enemigos que me ha proporcionado mi pertinaz voluntad de no apearme de mis principios). Lo digo, porque cuando tuve que definir ese qué hacer con el monasterio de Sant Llorenç, por fortuna pude echar mano de la experiencia acumulada a lo largo de este cuarto de siglo que he tenido la dicha de poder trabajar en un Servicio heredero de una de las etapas más brillantes de la reflexión sobre la disciplina, enriquecida luego con la aportación de excelentes profesionales, con quienes he podido contrastar la mía.

A lo largo de estos veinticinco años (en realidad casi veintisiete), nos hemos planteado muchas veces el cómo de la reconstrucción; y, las más de ellas, pensando más en el futuro que en el pasado, aceptando el conocimiento histórico como el más importante de nuestros estudios previos, pero también con todas las precauciones con que aceptamos, en el caso de los recuerdos, a nuestro propio cerebro. Y siempre teniendo en cuenta que cuando se opta por la reconsolidación del recuerdo, no hay más camino que el de la arquitectura, con todo lo que esta disciplina aporta y condiciona.

Fue el caso de la restauración de la cabecera triabsidal de la iglesia de Sant Cugat del Racó, en Navàs (Bages, Barcelona). Los avatares de la historia habían hecho que perdiera dos de aquellos ábsides. Nuestro predecesor, el arquitecto Camil Pallàs, en los años sesenta, había rescatado uno, construyendo “en románico” en pleno siglo XX. El cura, que además era poeta, nos pidió que hiciéramos lo mismo con el otro que faltaba. En una interpretación sui generis de la simbología cristiana comparaba la cabecera con la Santísima Trinidad y trataba de persuadirme alegando que si Camil Pallàs había recuperado al Hijo, a mi me tocaba hacer lo propio con el Espíritu Santo. Me negué a hacerlo; no por discrepancias hermenéuticas. Había llegado el momento de romper con una dinámica restauradora que a mi me parecía perniciosa. Pero comprendía, aunque no compartiera, el anhelo del cura, transferido a la feligresía, por gozar de nuevo de sus tres ábsides. Casi sin darme cuenta estaba aceptando que la reconstrucción era válida, pero no la forma cómo hasta entonces se estaba haciendo. Y opté por una solución muy diferente, aunque extraída de la propia historia de la arquitectura. Diseñé un trampantojo. Un espejo y tres neones fueron suficientes. Se lo expliqué así a la feligresía reunida por el cura-poeta: me pedís un ábside que simboliza a un Ser que existe, pero no se ve. Os daré un ábside que se ve, pero no existe. [Ilustración 4]. Eso ocurrió en los primeros ochenta.(6)


Ilustración 4. Iglesia del monasterio de Sant Llorenç, una vez recuperado el espacio de la nave de mediodía. Foto, SPAL, Diputación de Barcelona

Poco después, tuve que vérmelas con la iglesia de Sant Vicenç de Malla (Osona, Barcelona), que había padecido una rotunda transformación, especialmente contundente, una vez más, en la cabecera. La reconstrucción que hicimos se basó en la recuperación tipológica y espacial, y, en particular, en la de esa la cabecera. Se hizo siguiendo exactamente el dictado del conocimiento histórico, pero con unos materiales que expresaran una visión más de futuro que de pasado.(7) Otro caso más reciente es el de la pequeña iglesia de Sant Salvador de Quer, en Súria (Bages, Barcelona), una ermita muy querida por la población, pero poco importante, en el sentido de que probablemente no está en ningún catálogo. También había perdido el ábside. Y la gente lo quería. Aquel perdido pedazo de edificio lo había sido casi todo, para la gente y para el edificio. Por fuera, patentizaba su carácter medieval, irreconocible tras la amputación. Por dentro, le autenticaba como templo cristiano. Sin ábside, la vieja iglesia, ciertamente medieval, se había travestido en barraca labriega. Tras la excavación arqueológica, la confirmación de la existencia del ábside y el hallazgo in situ de una buena parte de él, se optó por una reconstrucción material, corpórea, aunque no mimética, sino diacrónica. Se hizo de piedra trabajada de manera muy distinta a la preexistente. Por dentro de pintó de azul, en recuerdo del cielo que cuando el interior dejó de ser espacio cerrado vieron quienes visitaban el edificio. Un azul muy bello, de la paleta de colores que Gaudí utilizó en el Palacio Güell de Barcelona. (Ocurría el año 2002, el Año Gaudí).(8) [Ilustración 5]


Ilustración 5. Iglesia de Sant Cugat del Racó, Navàs (Barcelona). Trampantojo para la la recuperación de la cabecera de tres ábsides. Foto, SPAL, Diputación de Barcelona

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | siguiente

 
    
Universidad de Granada
Departamento de Historia del Arte
Observatorio del Patrimonio Histórico Español
Proyecto de Investigación de Excelencia HUM 620
Dpto. Hª del Arte - Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Granada - Campus Universitario de la Cartuja, s/n - 18071 Granada (España) Tel. 650 661 370 - 958 241 000 (Ext. 20292) - Fax 958 246 215 - info@revistadepatrimonio.es

Licencia Creative Commons
Revista de patrimonio e-rph por www.revistadepatrimonio.es se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported. Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en www.revistadepatrimonio.es.