e-rph nº 1, diciembre 2007 Intervención | Experiencias
Restaurar es reconstruir. A propósito del nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola de Berguedà (BARCELONA) | Antoni González Moreno-Navarro
Otro recuerdo de reconstrucción es el de la iglesia de Sant Jaume de Sesoliveres, en Igualada (Anoia, Barcelona), que también había sufrido el mismo terremoto que Sant Llorenç prop Bagà, el de 1428, y que había perdido su condición de arquitectura, al perder su cubierta, y por tanto su espacio. Nadie, ni la propiedad, ni el Ayuntamiento, ni los usuarios, nadie, me pidió nunca que conservara la ruina como tal. (En Cataluña –he podido ser testigo durante estos veinticinco años-, cuando la gente habla de restaurar un monumento quiere decir reconstruirlo; no se refiere a conservar ruinas ni testimonios de deterioro ni a otras soluciones elucubradas por los teóricos que no saben distinguir la cal de los polvos de talco). En esa iglesia recuperamos el espacio románico con una bóveda liguera suspendida que no roza los muros desplomados para que estos den testimonio aún más explícito de los efectos del temblor.(9)
En el caso de la iglesia prerrománica de Sant Quirze de Pedret, en el que la recuperación del espacio ya había sido iniciada en los años sesenta por mi predecesor, el arquitecto Camil Pallàs, la reconstrucción tuvo también otros objetivos irrenunciables. Se trataba de recuperar el ambiente de ese espacio (y por tanto, su significación); un ambiente, del cual, las pinturas románicas y prerrománicas desaparecidas (trasladadas en su día, en parte al Museo de Arte Nacional de Catalunya, en Barcelona, y en parte al Museo Diocesano de Solsona), habían sido un elemento esencial. Una vez recuperadas las pinturas (es decir, reconstruidas), la discusión sobre la autenticidad se hizo inevitable.¿Cuál de las dos, la pintura recuperada y la que se conserva en el museo, es más auténtica? La pintura que yace en el museo fue arrancada, trasladada, estirada, restaurada, barnizada, repintada, recolocada,... y está en Barcelona. La otra, hecha con el máximo rigor desde el punto de vista científico, capaz de transmitir al espectador la información y la emoción del interior de una iglesia románica, está en Pedret. En el valle de Pedret, rodeada de las montañas de Pedret, inmersa en el aire de Pedret. Para nosotros, esa es la auténtica pintura mural de Pedret.(10)
El nuevo monasterio de Sant Llorenç de Guardiola
En la definición del cómo reconstruir el viejo monasterio de Sant Llorenç fue de nuevo primordial la valoración del espacio arquitectónico como elemento esencial de la arquitectura, y por consiguiente, del monumento. No sólo de la capacidad testimonial y documental del espacio, también la capacidad que tiene el espacio arquitectónico de emocionar al espectador.
Recuerdo que de todo lo que me explicaba mi cerebro (o sea, el conocimiento histórico) de cuanto recordaba de cómo fue en el pasado el monumento, lo que más me impactó siempre fue el cómo fue el interior de la iglesia; su espacio. Ese espacio que para los transmisores de ese conocimiento existió y fue traumáticamente destruido por un inoportuno temblor de tierra. La recuperación de la iglesia de Sant Llorenç prop Bagà, por lo tanto, como antes las de Sant Cugat del Racó, Sant Vicenç de Malla, Sant Salvador de Quer, Sant Jaume Sesoliveres o Sant Quirze de Pedret, estuvo concebida de dentro a fuera, desde el espacio interior hacia el volumen exterior.
Cabe decir que, si bien la restauración (como demuestra la praxis que ha sido más habitual en la historia), siempre transforma el monumento, lo cierto es que esta irremediable alteración física ha sido siempre mejor aceptada cuando se trata de recuperar los aspectos histórico-artísticos que cuando se trata de la recuperación del espacio. Casi todo el mundo estaría de acuerdo en que la valoración de una pintura, de un retablo o de un determinado episodio histórico puede llegar a justificar la transformación de un monumento. Los casos de recuperación del espacio arquitectónico, sin embargo, son, en principio, susceptibles de generar más polémica. (Fue el caso de la iglesia de Santo Domingo de la Calzada. Es evidente que la recuperación del espacio de la cabecera justificaba plenamente el traslado del importante retablo de Damià Forment a otro sitio del edificio, tal y como con acierto proyectó el arquitecto Gerardo Cuadra. Pero tampoco él se escapó de la polémica).
En el monasterio de Sant Llorenç prop Bagà, era tal el atractivo del espacio perdido, que nunca se presentaron dudas. Mucho antes de ese momento crucial en que tuvimos que plantear qué hacer con el monumento en cueros, ya se había iniciado una recuperación espacial. Fue en los años 1986 y 1987; con tal de recuperar la altura original que había tenido la nave lateral se procedió a la eliminación respetuosa y documentada de las bóvedas del siglo XVII que la habían subdividido. [Ilustración 6]. Por primera vez en los últimos siglos, el interior de aquella iglesia dejó de ser una nave chaparra con una cripta (o sótano) debajo. Había recuperado su dimensión, y con ella, gran parte de su autenticidad. Pero el problema persistía. El hecho de conservar sólo media iglesia y continuar esta mitad cerrada por el muro contemporáneo de las bóvedas desmontadas que hizo de fachada desde entonces, impedía que el espectador comprendiera, gozara, de aquel espacio en su plenitud. (Como en realidad había sido o como quiso ser aquel espacio. En definitiva, el espacio que mi cerebro, el conocimiento histórico, había imaginado y me había transmitido). El anhelo ya no nos abandonó jamás. ¿Podíamos renunciar a recuperar aquel espacio que el cerebro se empeñaba en recordarnos contínuamente? (Reconozco que yo estaba encantado con lo que me explicaba mi cerebro. Me era igual que la historia fuera verdadera, lo importante es que era consistente. Sí, el mundo real es menos importante que el mundo que necesitamos). [Ilustración 7]
Ilustración 6. Iglesia del monasterio de Sant Llorenç, una vez recuperado el espacio de la nave de mediodía. Foto, SPAL, Diputación de Barcelona
Ilustración 7. Iglesia del monasterio de Sant Llorenç (Guardiola de Berguedà). Visión recuperada del espacio interior. Foto, Montserrat Baldomà
Por otra parte, en las manos de los arquitectos nos seguía ardiendo la solución al programa de uso por resolver (un centro cultural, una residencia, un lugar de visita, un lugar de encuentro). La apasionante aventura de reconstruir el pasado no nos podía hacer perder de vista que allí habíamos ido a recuperar el futuro. No faltó quien, alterado por la lentitud de los trabajos (en apariencia debida a esas meditaciones esencialistas; la realidad era mucho más compleja) nos pidió que dejáramos el monumento como estaba y, de una vez ya, levantáramos junto a él un edificio capaz de albergar el programa; y que luego siguiéramos con nuestras elucubraciones históricas y arquitectónicas el tiempo que quisiéramos... Esa alternativa olvidaba que arquitectos e historiadores estábamos trabajando allí con un alto riesgo: aquel territorio estaba literalmente minado de restos arquitectónicos convertidos en munición arqueológica. Construir de nueva planta en el recinto hubiera sido una hecatombe histórica.
Ahí estaban los quid del proyecto. La única manera que se nos ocurrió para compaginar obligaciones y devociones, anhelos y respetos, fue recuperar el gálibo original del monumento desaparecido o nunca hecho, condición inevitable para recuperar el espacio anhelado, lo que, por otra parte, nos permitía adquirir suficiente volumen de obra como para responder con holgura a los requerimientos del programa, sin alterar para nada los restos arquitectónicos ya convertidos en testimonios arqueológicos. [Ilustración 8] Optamos, pues, por recuperar la planta que nos dictaba el cerebro y elevar los muros nuevos sobre los restos de los antiguos (o de los antiguos que nunca fueron restos). Recuperamos el espacio. Cumplimos con el programa. No afectamos al resto del yacimiento. Y recobramos la significación paisajística, territorial y social del monumento. Fue resucitar varios pájaros de un solo tiro. [Ilustración 9]
Ilustración 8. Fachada septentrional del conjunto del monasterio de Sant Llorenç (Guardiola de Berguedà). Infografía, Jordi Grabau
Ilustración 9. Conjunto del monasterio de Sant Llorenç (Guardiola de Berguedà), desde el sudoeste. Foto, Montserrat Baldomà
Para acabar, permítaseme explicitar una reflexión íntima. Ese espacio de la parte de la iglesia que nosotros jamás vimos y hemos reconstruido, ¿qué más da si existió o no? ¿No es suficiente motivo para recuperarlo el que alguien lo hubiera soñado? Mi única diferencia con los arqueólogos con quienes comparto equipo (a los que, quede claro, respeto con devoción y admiro con fervor), es que ellos creen que hemos recuperado la obra que unos monjes completaron y un terremoto, en parte, se llevó; y yo creo que lo que hemos hecho es, por fin, completar una obra que unos monjes imaginaron y la historia, y el seísmo, les impidió completar. Pero todos, en definitiva, creemos haber devuelto la autenticidad perdida a un maravilloso derrelicto que los azares del tiempo pusieron en nuestras manos. Reconstruyéndolo, claro. [Ilustración 10]
Ilustración 10. Conjunto del monasterio de Sant Llorenç (Guardiola de Berguedà), desde el sudoeste. Foto, Montserrat Baldomà