Afrontar la paradoja de conservar y usar el patrimonio: Herity, sistema global de evaluación de bienes culturales dispuestos al público. | Matilde González Méndez
1. ¿Por qué calidad en la gestión del patrimonio? Síntesis del contexto que la promueve
Dar respuesta a esta pegunta supone desgranar una argumentación que aborda diversos extremos que, de forma sintética, comentaremos a continuación: (1) el patrimonio es un derivado del entramado cultural de la sociedad occidental y sobre todo moderna, (2) la creciente demanda de uso del patrimonio, y (3) la correspondiente abundancia de realizaciones de revalorización y disposición pública de elementos patrimoniales.
De la inutilidad a la necesidad del patrimonio
Pese a que se pueda pensar que el patrimonio es inherente a la cultura humana y, por tanto, un pilar fundamental de su sostenimiento, si indagamos un poco en este tema nos daremos cuenta de que sin patrimonio, simplemente no tendríamos memoria del pasado y que esta memoria del pasado sólo interesa a algunas sociedades como la nuestra. Realmente el patrimonio no es algo intrínseco a la humanidad. En las llamadas sociedades simples (de cazadores-recolectores o agricultores tempranos), las que Lévi-Strauss (1964) emplaza en los dominios del “pensamiento salvaje” y las mismas que Clastres (1996), califica como sociedades sin Estado, el pasado, tal y como nosotros lo entendemos, no existe, pues tanto éste como sus vestigios se integran como presente en su discurso social y la noción de patrimonio que nosotros tenemos (como legado del pasado, como representación de la memoria) no tiene sentido.
Y es que con una percepción del tiempo que niega la diacronía olvidándose del pasado, con la estabilidad como valor que genera una percepción negativa del cambio y trata de negar sus efectos ignorándolos, y con una forma de transmisión cultural oral (mitos, ritos, procesos de trabajo, conocimiento y habilidades en general...), basada en la palabra, que actualiza e integra los cambios (1) es difícil interesarse por el pasado y sus restos, el patrimonio.
Llegados aquí podemos pensar que el patrimonio, comienza a elaborarse cuando el pasado, entendido como un dominio temporal distinto del presente, se instituye definitivamente, cuando el cambio y los documentos y elementos que permiten evidenciarlo se vuelven significativos en el presente imaginario y material de algunas sociedades, entre las que se encuentra la nuestra, la occidental, para ordenar y entender una parte de su realidad.
En efecto, una de las bases sobre las que se asienta la cultura occidental y moderna es el cambio a través del tiempo, y hasta hace bien poco el cambio como evolución, como desarrollo positivo para la humanidad. En este contexto el patrimonio cultural juega un papel fundamental porque resulta ser el documento de ese cambio, la concretización del devenir temporal. De esta particular matriz cultural que poseemos en la sociedad occidental actual deriva fundamentalmente la necesidad de conservar y la necesidad de conocer, de disfrutar y de legar el patrimonio.
Por eso, más allá de las actuales deficiencias observadas por la doctrina patrimonialista en su conceptualización, (Castillo Ruiz 2007), el patrimonio y los bienes que lo integran seguirán siendo necesarios para una sociedad como la nuestra, fundada en el paso del tiempo, en los cambios que con su paso se producen y en la tradición que sobre éste se instaura.
[Ilustración 1]
Ilustración 1.
Usar sin abusar el patrimonio
La actual pulsión por disponer el patrimonio al público responde a móviles diversos, generados desde intereses a veces encontrados. No nos detendremos en esta cuestión, disertada ya en otros trabajos (González Méndez, 2000), pues lo que ahora interesa es destacar varios extremos:
El primero de ellos es que: más allá de intereses puramente mercantilistas o espurios, la disposición al público del patrimonio se consolida como una vía eficaz para ilustrar su sentido y devolverle la consideración social que los profesionales reclamamos. Siguiendo a Lowhental (Lowhental, 1998) entendemos que la conexión entre presente y pasado en la sociedad actual se ha roto, que el pasado es algo ajeno a nuestra experiencia cotidiana, que el pasado se ha convertido en un “país extraño” cuyos elementos constituyentes, los que integran nuestro concepto de patrimonio, apenas tienen sentido para una sociedad que ha perdido la vinculación cultural y afectiva con él (2). De ahí la constatada falta de interés y desafección ciudadana por el mismo. Recuperar su sentido pasa por aproximarse a él y conocerlo, y el acceso ilustrado al mismo puede ser una forma de acercamiento.
El segundo de los aspectos es que: cuanto más se usa el patrimonio más se debe velar por su conservación. En efecto, de un lado somos conscientes de la necesidad de que el patrimonio tenga la consideración social que se merece, pues su exclusión de la vida social, del punto de mira del ciudadano y sus políticos, conduce a la desatención que menoscaba su conservación y beneficia su maltrato. Pero, al mismo tiempo, hemos de afrontar la paradoja de que cuanto más atraiga más se demanda su acceso y cuanto más se demanda y usa más necesario es atender a su preservación.
La demanda de uso y conservación son paralelas pues, como sabemos, el patrimonio está compuesto por productos del pensamiento o acción humana únicos, que constituyen bienes no renovables pero que se deterioran con el uso. Afrontar esta paradoja supone disponer de las metodologías e instrumentos que permitan un uso compatible con la conservación futura.
El tercer extremo es que: la oferta de bienes dispuestos al público se ha incrementado de forma notable en los últimos años. Siendo cada vez más el patrimonio puesto a disposición de su uso por parte de la sociedad, se hace necesario contar con metodologías y criterios de puesta en valor y gestión para el acceso público a este patrimonio. En efecto, es un hecho constatable la creciente y constante ampliación y renovación de la oferta de bienes y elementos patrimoniales que cuentan con una importante dimensión social y cada vez son más los parques arqueológicos y culturales, los museos, los monumentos... que se abren a la visita pública
[Ilustración 2].
Ilustración 2. Acceso al patrimonio. “Asalto al castillo”, así se denomina esta actividad anual en la que los “asaltantes” pasan una tarde-noche en los jardines del castillo de Santa Cruz, Oleiros. A Coruña.
Y a pesar de esta gran oferta, planteada como tercer extremo, no hay un sector de actividad consolidado en el que se integren los distintos grupos de interés o actividad involucrados y en el que existan procedimientos de trabajo claros y consensuados entre estos distintos sectores: Administración de la tutela, investigación y sector privado.
No obstante, cada día son más los bienes adecuados para el acceso público que adolecen de una estrategia clara de acción presente y futura en la que se consideren todos los ámbitos y aspectos que involucra esta disposición: desde la atención al bien hasta el sistema de visita, pasando por el sistema de gestión o la forma de atender al público. Dicho de forma muy simple (y quizás exagerada pero ilustrativa) primero adecentemos el monumento y luego ya veremos cuándo podemos abrirlo, quién lo atiende y qué contamos sobre él.
De todo lo anterior se deduce y constata que hemos llegado a un punto en que se ha generado una abundante oferta de elementos culturales dispuestos al público sin una evaluación de su funcionamiento, que permita conocer así en qué medida la gestión de los mismos satisface las necesidades de conservación del bien y las expectativas de sus visitantes.
2. La búsqueda de la calidad en la gestión del patrimonio
De acuerdo con la Organización Internacional para la Estandarización (ISO), la calidad es la capacidad de un conjunto de características inherentes a un producto, sistema o proceso de trabajo para cumplir los requerimientos de los clientes y otras partes interesadas (ISO 9000: 2000; tomado de J. Tzanidaki y V. Vicinzino 2001) (3). Pero la calidad no es sólo un producto o resultado final, sino el corolario de un proceso que debe utilizar una serie de principios de calidad a lo largo de toda la cadena de trabajo destinada a conseguir un producto o servicio.
Desde un punto de vista general, podemos decir que la gestión de cualquier bien patrimonial abierto al público se instrumenta a modo de una entidad cuyos objetivos principales han de ser la conservación del bien y la ordenación de los servicios necesarios para su mejor y más correcto uso por la ciudadanía. En tales cometidos se ponen en juego los recursos materiales y humanos de que se dispone. Se puede decir, así, que la gestión de cualquier lugar patrimonial debe funcionar como una organización que posee una determinada misión, la cual debe ser compartida por sus integrantes; una visión no siempre fácil de orientar, puesto que hablamos de bienes que, en su mayoría, son de titularidad estatal, y el desarrollo u obstrucción de su proyección de futuro dependerá de la política cultural con que se administre.