e-rph 21, dic. 17 | ISSN 1988-7213 | revista semestral
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e-rph nº 21, diciembre 2017
Instituciones | Estudios
 
 
Museos y consumo cultural. Percepciones y experiencias en la Noche de los Museos
 
     

 

1.- Introducción

Existen ciertos acuerdos acerca de comprender el consumo cultural como un conjunto de procesos socioculturales que involucran la apropiación de bienes y servicios, diferentes prácticas, valoraciones y usos de estos productos, así como el vínculo que los ciudadanos establecen con el patrimonio tangible e intangible, sus lazos culturales con los medios de comunicación, las tecnologías y, de modo más general, sus prácticas sociales y culturales en el tiempo libre. El consumo cultural implica, de manera general, un proceso de negociación, entendido como una relectura y apropiación activa y crítica por parte de los consumidores (Quevedo, 2007). Los estudios del consumo cultural han dado lugar a un campo de debate e intercambio intelectual, que ha recibido aportes de investigadores provenientes de disciplinas científicas diversas y que ha encontrado diferentes definiciones en los distintos países, pero que en definitiva refiere más a un campo de problemas y de interrogantes y no tanto de respuestas.

El estudio de consumo cultural aporta al análisis de las políticas culturales, tanto en lo referente a su evaluación, como al diseño e implementación. Señala Quevedo (2007) que es necesaria la acción sostenida de los Estados para garantizar la realización de estudios de largo plazo que permitan contar con datos comparables, que en lugar de brindar “fotografías” que den cuenta de un momento del consumo cultural, posibiliten generar “películas” que den cuenta de la dinámica de este terreno (Quevedo, 2007). En Argentina, los primeros estudios de consumo cultural se relacionaron con la asistencia a espacios culturales, específicamente a museos (Wortman y Bayardo, 2012). En este sentido, en la década del 90 Cousillas et al (1998) realizaron un estudio de público en el Museo José Hernández orientado a establecer los significados en torno al patrimonio y a la institución museística con el fin de redefinir políticas institucionales.

Desde 2014 el estado municipal en la ciudad de Río Cuarto desarrolla un evento conocido a nivel internacional como la NM. El evento y las actividades que se desarrollan definen una política cultural que ha sido sostenida por gobiernos de diferentes vertientes políticas. Los programas, actividades y acciones realizadas por los gobiernos en el marco de políticas culturales se presentan como oportunidades y ocasiones que los ciudadanos tienen de concretar su ‘consumo cultural’.

Se considera que la NM es una política sostenida en el tiempo, que de manera general compromete a instituciones culturales de la ciudad y tiene aceptación por parte de diferentes sectores de la población. Se entiende que es relevante generar conocimientos sobre las percepciones y experiencias del público que participa del evento. El estudio de las percepciones puede servir como herramienta para la gestión, planificación y evaluación de políticas culturales específicas.

En el artículo se presenta un estudio de carácter exploratorio y descriptivo realizado durante la tercera edición de la NM en tres museos de la ciudad de Río Cuarto. Nos preguntamos acerca de las características sociodemográficas del público, los medios de difusión efectivos para comunicar el evento, los motivos de participación, los aspectos destacados de las experiencias y aquellos susceptibles de modificación; asimismo nos interesa identificar las experiencias previas del público con los museos y en ediciones anteriores de la NM. En este sentido, señala Falk (2009) que resulta relevante para los museos conocer y estudiar el tipo de experiencias que cada visitante construye según sus características previas y necesidades, como así también sus visiones acerca de cómo ‘creen’ que ‘un museo’ puede satisfacerlas.

2.- Consumo Cultural. Perspectivas teóricas y tipos de estudio

Durante fines del siglo XX y en la primera década del siglo XXI, en América Latina, han proliferado los estudios sobre consumos, imaginarios y prácticas culturales, generando conocimientos y un vasto campo de intercambio intelectual (Quevedo, 2007). A través de investigaciones desarrolladas tanto desde los campos académicos (como las universidades) como desde diferentes instancias del estado (municipal, provincial y nacional) se han estudiado temas como la asistencia a cines, museos, teatros, festivales y fiestas populares, las audiencias y los públicos de radio y televisión, la lectura de prensa gráfica y de libros de circulación masiva y el uso y la apropiación de tecnologías de la información y la comunicación- TIC en adelante- (Grillo, Papalini y Benítez Largui, 2016; Wortman y Bayardo, 2012; Quevedo, 2007).

Se propone el análisis del campo de los estudios sobre consumos culturales desde algunas perspectivas teóricas vinculadas a la definición de consumo y desde los tipos y enfoques de las investigaciones.

2.1.- Perspectivas teóricas

La palabra consumo suele estar cargada por su origen económico (García Canclini, 1999), sin embargo permite visualizar un conjunto de procesos socioculturales en que se realizan la apropiación y los usos de los productos y bienes culturales. Podríamos emplear dos modos de analizar el consumo cultural, uno centrado en una perspectiva economicista y otro desde una perspectiva antropológica. La primera, parte de una concepción instrumentalista de los bienes, supone que éstos serían producidos por su valor de uso, para satisfacer necesidades. Imagina una organización natural en la producción de mercancías, acorde a un repertorio fijo de necesidades. La lógica económica, concibe en forma sucesiva la producción, circulación y consumo, colocando a este último como momento final del ciclo. El consumo se sustentaría en una concepción naturalista de las necesidades y una visión instrumentalista de los bienes (Douglas e Isherwood, 1979, García Canclini, 1999, Quevedo, 2007).

Una perspectiva antropológica del consumo cultural, recupera la idea de lo cultural como ‘distintos modos de ser en el mundo’ (Grillo, Papalini y Benítez Largui, 2016). Desde esta perspectiva García Canclini (1999) señala que el consumo cultural puede ser comprendido como “el conjunto de procesos de apropiación y usos de productos en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y de cambio, o donde al menos estos últimos se configuran subordinados a la dimensión simbólica” (1999: 42).

Sunkel (2002) plantea que las revisiones realizadas por García Canclini coinciden con los planteos de Douglas e Isherwood (1979) permitiendo relevar el ‘doble papel de las mercancías’; como medios de subsistencias y establecedoras de las líneas de las relaciones sociales. Es decir, además de sus usos prácticos los bienes materiales son necesarios para hacer visibles y estables las categorías de una cultura donde las posesiones materiales adquieren significados sociales. La función esencial del consumo es la capacidad para dar sentido, ‘las mercancías sirven para pensar’, olvidémonos de la idea de la irracionalidad del consumidor, de que las mercancías sirven para comer, vestirse y protegerse, en cambio, pensémoslas como medio no verbal de la facultad creativa de los hombres. El consumo sería para Sunkel (2002) una práctica sociocultural en la que se construyen significados y sentidos del vivir, un espacio clave para la comprensión de los comportamientos sociales.

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