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La profesora Choay es sin duda una referencia obligada dentro de la literatura patrimonialista. En este sentido, Alegoría del patrimonio (Barcelona: Gustavo Gili, 2007), cuya primera edición en París data de 1992, es su aportación más fundamental a la contemporánea teoría sobre el patrimonio edificado y la ciudad histórica. El alcance de esta publicación se expresa en la reflexión historiográfica y epistemológica que hace Choay, entre otros aspectos, del significado de la expresión patrimonio histórico. De tal forma, tanto examina sus transferencias semánticas producidas a lo largo de la historia como enjuicia críticamente su actual consideración desde su papel en la industria cultural.
La importancia que concede la autora a los puntos expuestos, dado su cuestionamiento permanente, explica el que los retome con su nuevo trabajo Le patrimoine en questions. Anthologie pour un combat. De esta obra hay que destacar la reprobación, bien resuelta e informada, que realiza sobre la mercantilización del patrimonio histórico al socavar, según Choay, su entidad y esencia. En este marco, su tesis principal defendida es que el empleo generalizado y acrítico del término patrimonio ha conducido a la transformación del patrimonio edificado y de la historia urbana en mercancías sustraídas a sus usufructuarios legítimos: los ciudadanos. En sustitución de éstos, el turismo de masas se ha convertido casi en su usuario privilegiado. Señala que el consumo mercantil del patrimonio perjudica tanto a los visitantes, sometidos a unas condiciones de amontonamiento y alboroto inapropiadas para la fruición intelectual o cultural, como a los propios sitios de interés patrimonial, pues este tipo de turismo necesita equipamientos de acogida (alojamiento, manutención, etc.) que, junto con su propia actividad, desplazan funciones ligadas a la cultura local y a la identidad de las ciudades históricas.
Ante estas derivas, la autora parte en su estudio de la premisa de que el contenido del vocablo patrimonio histórico no está claro, observándose un empleo generalizado y acrítico del término. Como consecuencia de esta deficiencia, Choay se marca como objetivo evidenciar las confusiones semánticas que ocultan los juicios y valores que expresa la noción. Y con ello, trata de revelar su estatuto (o condición antropológica según Choay) ante la transformación acelerada que se viene operando a causa de la mercantilización y museificación que impone la industria de la cultura y del ocio. Para superar la actual descaracterización sustantiva del concepto, suministra argumentos suficientes para ganar un “combate” que le devuelva su fundamento memorial, de conocimiento y de identidad. Exhortando a una toma de conciencia, expone sus resistencias (conclusiones) a modo de frentes de lucha que se resumen en tres puntos: educación y formación; utilización ética de la herencia construida y participación colectiva en la construcción de un patrimonio vivo.
La metodología seguida por Choay para estructurar su argumentación es la misma que ensayó en su obra El urbanismo, utopía y realidades (Barcelona: Lumen, 1976), una antología de textos precedida de una introducción. Se trata de dos discursos paralelos que se refuerzan mutuamente y no de una mera antología crítica comentada al uso, de la que se extraen unas conclusiones o a la que simplemente se le añade una presentación.
En la introducción, Choay realiza un análisis histórico y crítico de la genealogía del campo léxico en que opera el término Patrimonio Histórico y de las prácticas derivadas en sus fases de evolución, de éstas, plantea un cuestionamiento crítico a las que imponen el valor económico del patrimonio.
En su discurso, parte de la conocida distinción teorizada por Riegl entre monumento intencional o conmemorativo y no intencional o monumento histórico (en el que se incluye también el artístico) como herramienta heurística. Insiste acertadamente en que el monumento histórico es una creación propia y característica de la cultura europea occidental, materializada en un periodo histórico muy concreto, y este anclaje espacio-temporal es crucial para Choay. La novedad de la creación léxica del monumento histórico otorga un estatuto nuevo a la entonces antigüedades: la instauración de la práctica efectiva de su protección, sólo inteligible en sociedades para las que son bienes sujetos a un fin social vinculado a la cultura.
En el marco de la revolución electro-telemática, Choay establece la génesis actual del concepto patrimonio, que supone la amalgama entre los términos diferenciados por Riegl de monumento y monumento histórico; en definitiva, su confusión semántica en una unidad indiferenciada. Esta amalgama terminológica y axiológica consagrada a partir de 1972 con la adopción en París de la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de la UNESCO, oculta, a juicio de la autora, el origen étnico y la especificidad semántica del monumento histórico y del monumento artístico de Riegl, bajo la cobertura de una identidad mundial con valor universal.
Este proceso de redefinición se ha desarrollado en paralelo con un proceso de consumo, que ha alcanzado una escala planetaria debido a la concepción universalista propugnada por la UNESCO con la Lista del Patrimonio Mundial. Frente a un compromiso permanente de conservación y difusión de los valores y contenidos de los bienes reconocidos bajo esta distinción, se ha impuesto una concepción de rentabilidad. Una situación que es fomentada no sólo desde los sectores que se agrupan en torno al turismo sino también, por los gestores de la cultura. Es significativo a este respecto las palabras que extracta la autora: «le patrimoine est une richesse fossile gérable et exploitable comme le pétrole» y «exploiter [le patrimoine] comme les parcs d´attractions». La primera cita, de 1978, se debe al que fuera ministro de Cultura francés, y la segunda, de 1986, corresponde al ministro de Turismo. Bajo estas ideas, hoy muy asentadas, el Patrimonio se viene convirtiendo, como expone Choay, en un producto de recreación y de satisfacciones mediatas, en definitiva en un fetiche de la sociedad globalizada.
Por su parte, la antología de textos reúne documentos esenciales desde el siglo XII al siglo XX, escogidos de acuerdo a los cuestionamientos que Choay plantea en la introducción. De forma general, ponen de manifiesto cómo ha emergido y se ha desarrollado la preocupación por la preservación del patrimonio arquitectónico, pero sobre todo las desorientaciones que se han asociado a la noción de Patrimonio en nuestros días.
Resalta Choay, en una anotación final, que su aparente pesimismo responde a una parte retórica y no debe enmascarar un optimismo fundamentado. Y a modo de cierre, indica que milita en contra de las actuales prácticas de museificación ya que hacen un mal uso de la memoria.
Con todo, el presente trabajo de Choay, que destaca por una exposición apasionada en la comprensión y defensa de sus tesis, ofrece sin duda unos interesantes puntos de reflexión sobre ideas de máxima actualidad.
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